Cuando Gerald llegó a casa, llamó a Martha a la residencia y le contó todo lo que había averiguado. Hubo un largo y doloroso silencio al otro lado de la línea.
—¿Martha? ¿Estás ahí?
—Vino a verme —susurró finalmente—. Hace tres semanas. Antes de mi caída. Dijo que estaba enfermo, que no le quedaba mucho tiempo. Nos vimos en la cafetería del centro.
A Gerald se le encogió el pecho. —¿Cuánto tiempo, Martha? ¿Cuánto tiempo llevabas viéndolo?
—No viéndolo —dijo rápidamente—. No de esa manera. Llamaba una o dos veces al año, solo para preguntar cómo estaba James, si estaba feliz, si estaba bien de salud. Nunca fue romántico. Siempre se trataba de James.
—¿Qué quería cuando vino a verte?
Su voz se apagó casi por completo. —Trajo algo para James. Algo que quería que su hijo tuviera después de su muerte. Lo escondí en el ático junto con las cartas.
El último regalo de un padre
Gerald regresó a aquel ático polvoriento por última vez. Debajo de los fajos de cartas, cuidadosamente envueltas en tela vieja, encontró los últimos regalos de Daniel.
Una medalla Corazón Púrpura. Un diario encuadernado en cuero. Y una fotografía descolorida.
La foto mostraba a un joven soldado uniformado junto a una hermosa joven que sostenía a un bebé. Daniel, Martha y el pequeño James.
Una vez que Gerald supo qué buscar, el parecido entre Daniel y James era innegable. ¿Cómo no se había dado cuenta antes?
Pero lo que realmente conmocionó a Gerald llegó al día siguiente, cuando le llevó la caja a su hijo.
El hijo que ya lo sabía
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