Vera apretó los dedos.
Su suegra estaba exultante. Siempre le había caído mal su nuera, considerándola "demasiado orgullosa". Cuando se enteró de la venta del coche, dijo delante de todos:
"Ya que vendiste el coche, ahora deberías transferir el piso. Boris necesita mejorar. Y tú ya vives de todo".
El piso era de Vera; su padre lo había registrado a su nombre antes de su boda. Era lo único estable en su vida. Pero Boris insistió. La presionó. Habló de familia, de confianza, de "la palabra de un hombre".
Ella aguantó. Trabajaba dos turnos. Intentó pagar sus deudas. Ocultó los moretones bajo sus mangas largas, no por las palizas, sino por el desesperado esfuerzo que había hecho para no gritar.
"¿Nos exige que volvamos a registrar el apartamento?" La voz de su padre se volvió fría.
Vera asintió.
Un silencio denso se cernía sobre el coche. Las farolas se extendían afuera, borrosas por la nieve.
Viktor Pavlovich detuvo el coche frente a su casa: un edificio gris de nueve pisos con la fachada desconchada. La luz estaba encendida en la ventana de la cocina.
"Vamos", dijo.
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