"¡El coche se vendió para la familia! ¡Pero el apartamento debería seguir a nombre de Boris! ¡Él es el jefe!"
Viktor Pavlovich se giró lentamente para mirarla.
"El apartamento estaba registrado a nombre de Vera antes del matrimonio. Y seguirá a su nombre. Y si me entero de que lo vuelven a registrar, tendremos que hablar en otro lugar".
No había gritos en su voz. Solo la confianza de un hombre que conoce la ley y sabe cómo usarla.
Boris intentó objetar, pero sus palabras se quedaron grabadas.
Esa noche, mucho quedó claro. Por primera vez en mucho tiempo, Vera no sintió miedo, sino apoyo.
La conversación fue difícil. Salieron a relucir deudas, mentiras e intentos de obtener un préstamo usando el apartamento como garantía. Viktor Pavlovich sacó una carpeta de documentos; ya sabía más de lo que creía. Había revisado el historial crediticio de su hija y consultado a un abogado.
"Mañana solicitas el divorcio", le dijo a Vera con calma. "Y una denuncia por fraude".
Su suegra gritó. Boris palideció.
Pero por primera vez, Vera no tembló. Los miró y sintió que algo duro crecía en su interior, bajo la capa de cansancio.
Las semanas siguientes fueron difíciles. Escándalos, amenazas, persuasión. Boris intentó ganarse su compasión. Su suegra fue a ver a los vecinos, diciéndoles que "su nuera está destruyendo a la familia".
Viktor Pavlovich actuó de forma silenciosa y metódica. Ayudó a pagar algunas deudas e hizo que algunos préstamos se declararan inválidos porque las firmas habían sido falsificadas. Le consiguió a Vera un trabajo a tiempo parcial gracias a viejos conocidos. Recogió a Timosha del jardín de infancia.
La casa se llenó poco a poco de un aire diferente. Ni lujo ni abundancia, sino paz.
Boris se mudó. Su suegra dejó de ir.
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