EL BEBÉ DEL MILLONARIO DESPIDIÓ 10 NIÑERAS EN 1 MES, PERO LA EMPLEADA CAMBIÓ TODO CON SUS 3 HIJAS…

Renuncio. Renuncio ahora mismo, ni por todo el oro del mundo me quedo un minuto más en este manicomio. El grito desgarrador resonó por todo el vestíbulo de mármol de la mansión Santoro, haciendo vibrar hasta las lámparas de cristal que colgaban del techo de doble altura.

La mujer que gritaba, una señora robusta con uniforme almidonado llamada Matilde, bajaba las escaleras corriendo como si el mismísimo la persiguiera. Llevaba una maleta a medio cerrar en una mano y un zapato en la otra. Tenía el cabello que hace unas horas estaba en un chongo perfecto, totalmente alborotado, y una mancha enorme de puré de zanahoria en la mejilla. Era la viva imagen de la derrota.

Alejandro Santoro, el dueño de la casa y uno de los empresarios más temidos de la ciudad, salió de su despacho ajustándose la corbata con una expresión de incredulidad y cansancio infinito. A sus 35 años, Alejandro era un hombre imponente, de esos que con una sola mirada hacían temblar a sus empleados en la oficina, pero en su propia casa era un rey sin corona y sin control. Matilde, por favor”, suplicó Alejandro perdiendo la compostura habitual.

“No puede irse así. Le pagaré el doble, el triple. Solo necesito que aguante hasta el fin de semana.” “Ni por un millón de dólares, señor Santoro”, gritó la mujer abriendo la puerta principal con desesperación. “Esos niños no son bebés, son castigos divinos. Son tres demonios disfrazados de ángeles.

He criado a cinco generaciones de niños y nunca, escúcheme bien, nunca había visto algo así. Que Dios lo ampare. Y con un portazo que retumbó en el pecho de Alejandro, la décima niñera del mes desapareció. El silencio duró exactamente 3 segundos. Inmediatamente después, desde la planta alta, comenzó el concierto.

Un llanto sincronizado, agudo y potente, capaz de romper vidrios. Eran ellos, los trigéminos, Hugo, Paco y Luis, dos años de edad y una capacidad destructiva que avergonzaría a un huracán categoría 5. Alejandro se pasó las manos por la cara, sintiendo como la migraña, su fiel compañera, desde que enviudó hace un año, comenzaba a ataladrarle las cienes.

No sabía qué hacer. Tenía una fusión millonaria con unos inversionistas japoneses en dos días. Su vida era un caos y sus hijos parecían odiar a cualquier ser humano que intentara cuidarlos. Pero lo que Alejandro no veía porque su desesperación lo cegaba, era a la figura silenciosa que observaba todo desde la esquina del pasillo junto a la puerta de la cocina. Allí estaba Mariana.

Mariana tenía 27 años, pero sus ojos grandes y expresivos cargaban con la sabiduría de quien ha tenido que luchar por cada pedazo de pan que pone en la mesa. Era hermosa, de una belleza natural, que ni el uniforme gris de talla grande ni el cabello recogido en una coleta sencilla podían ocultar.

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