EL BEBÉ DEL MILLONARIO DESPIDIÓ 10 NIÑERAS EN 1 MES, PERO LA EMPLEADA CAMBIÓ TODO CON SUS 3 HIJAS…

Mariana se quedó sola en el despacho con Valeria. La prometida la miró con odio puro. Más te vale que no rompa nada, gata amenazó Valeria antes de agarrar su bolso y salir también furiosa por haber perdido la atención. Mariana se quedó sola en la mansión gigante. Respiró hondo. Arriba los trigéminos empezaban a llorar de nuevo.

Bueno, Mariana, se dijo a sí misma, arremangándose la camisa del uniforme, ahora sí, a demostrar de qué estamos hechas las madres de verdad. Pero Mariana no sabía que el verdadero reto no era esa tarde. El verdadero reto vendría al día siguiente, cuando Alejandro le pediría lo imposible. y ella tendría que tomar la decisión más arriesgada de su vida, mezclar sus dos mundos. El éxito de esa tarde fue rotundo.

Cuando Alejandro regresó de su reunión, con el contrato firmado y los japoneses encantados, encontró la casa en un silencio sepulcral. Entró con miedo, pensando lo peor, pero encontró a los trigéminos sentados en la alfombra de la sala, limpios, peinados. Y lo más increíble de todo, riendo mientras Mariana hacía títeres con unos calcetines viejos.

Ese fin de semana, Alejandro tomó una decisión ejecutiva. “Quiero que vengas mañana”, le dijo a Mariana el viernes por la noche, interceptándola antes de que se fuera. Mariana se detuvo con su bolsa barata al hombro. “Mañana sábado, señor, pero los sábados no trabajo. Es mi único día con mis hijas. Te pagaré horas extra.

Te pagaré lo que quieras”, insistió Alejandro con la desesperación de un hombre que ha encontrado agua en el desierto y no quiere soltarla. La agencia no me manda a nadie hasta el lunes. Valeria se va de viaje a la playa con sus amigas. Estoy solo. Y sinceramente, Mariana, eres la única persona en este mundo que mis hijos no quieren morder. Mariana lo miró y sintió pena. Era un hombre millonario.

Vivía en un palacio, pero estaba más solo que un perro callejero. Sin embargo, sus hijas eran primero. “Señor, no puedo”, dijo ella con firmeza. “Mis hijas me esperan toda la semana.” Le prometí a Sofía ayudarle con la tarea y a Valentina peinarla. No tengo con quién dejarlas. Mi vecina que me las cuida, se enfermó.

No puedo dejarlas solas en mi casa. El barrio es peligroso. Alejandro se pasó la mano por el pelo. Pensó un momento. Era una locura. era romper todas las reglas de etiqueta y de clase social, pero miró hacia arriba, donde sus hijos dormían tranquilos gracias a esta mujer. “Tráelas”, soltó Alejandro. Mariana parpadeó confundida.

“¿Qué? Tráelas contigo a la mansión”, dijo Alejandro y la idea le pareció cada vez mejor mientras la decía. Hay espacio de sobra. Ellas pueden estar aquí, jugar en el jardín. ver televisión en la sala de cine, lo que quieran. Tú cuidas a los trillizos y tus hijas pueden estar aquí seguras. Mariana dudó.

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