EL BEBÉ DEL MILLONARIO DESPIDIÓ 10 NIÑERAS EN 1 MES, PERO LA EMPLEADA CAMBIÓ TODO CON SUS 3 HIJAS…

Pero nadie le prestó atención, porque en la sala de juegos por primera vez se respiraba aire de familia. Las semanas siguientes fueron una transformación milagrosa. La mansión, que antes era gris y silenciosa, se llenó de vida. Mariana organizó la casa con una eficiencia militar, pero con un toque maternal.

Los trigéminos, Hugo, Paco y Luis, dejaron de ser los monstruos. Con la influencia de Sofía, la hija mayor de Mariana, aprendieron a comer verduras haciendo avioncitos. Con Valentina aprendieron a pintar con los dedos sin comerse la pintura y con Camila aprendieron a dar abrazos.

Alejandro empezó a llegar más temprano del trabajo. Antes temía llegar a casa y encontrar el caos. Ahora llegaba ansioso. Una tarde encontró una escena que le derritió el corazón. En el jardín sobre una manta de picnic estaban Mariana y los seis niños. Mariana estaba leyendo un cuento haciendo voces diferentes para cada personaje.

Alejandro se quedó observando desde el balcón. Veía como Mariana se reía, como el sol le iluminaba el rostro. Sin el uniforme de limpieza, con una blusa sencilla y unos jeans, se veía hermosa, joven, llena de vida. ¿Qué me está pasando?, se preguntó Alejandro sintiendo una calidez en el pecho que hacía años no sentía.

Pero la felicidad de unos es el veneno de otros. Valeria observaba todo desde la sombra. Su plan de casarse con Alejandro por su fortuna seguía en pie, pero Mariana se había convertido en una piedra enorme en su zapato. Valeria notaba como Alejandro miraba a la sirvienta.

Notaba como los niños corrían a abrazar a Mariana y lloraban cuando Valeria se acercaba. Tengo que sacarla de aquí”, le dijo Valeria a su amiga por teléfono una noche mientras espiaba a Alejandro cenando en la cocina con Mariana y los niños. Algo inaudito, el señor comiendo en la cocina. “Esa gata se cree la dueña de la casa, pero no sabe con quién se metió.

” “¿Qué vas a hacer?”, preguntó la amiga. “Si la despides, Alejandro te mata. Los niños la adoran. No puedo despedirla. Yo tengo que hacer que Alejandro la eche. Dijo Valeria con una sonrisa maquiabélica mirando su reflejo en el espejo. Tengo que destruir su reputación. Tengo que golpearla donde más le duele, en su honestidad. A los pobres lo único que les queda es su honra, ¿no? Pues se la voy a quitar.

Valeria colgó el teléfono. Tenía un plan. Se acercaba la gran cena de gala anual de la empresa Santoro, que este año se celebraría en la mansión para dar una imagen más íntima y familiar a los socios. Sería el escenario perfecto. Luces, cámaras, gente importante y una humillación pública que Mariana jamás olvidaría.

Disfruta tu pizza en la cocina, Mariana! susurró Valeria mirando la escena familiar con desprecio. Porque va a ser tu última cena en esta casa. El día de la gran cena llegó con un ajetreo frenético. La mansión Santoro se convirtió en un hormiguero de floristas, camareros y organizadores de eventos. Se esperaba a lo más selecto de la sociedad y a los inversionistas japoneses que Alejandro tanto cuidaba. Por la mañana, Alejandro llamó a Mariana a su despacho.

Ella entró secándose las manos en el delantal, nerviosa. Siempre que la llamaban al despacho, sentía ese viejo miedo de ser regañada, una cicatriz de sus trabajos anteriores. Me mandó llamar, señor. Alejandro estaba de pie junto a una caja grande envuelta en papel dorado. Mariana, esta noche es muy importante para mí. Quiero que los niños bajen a saludar a los invitados antes de la cena.

Es importante que los socios vean que soy un hombre de familia. Claro que sí, señor. Los niños ya tienen sus trajes listos. Se verán como príncipes, respondió ella sonriendo. Lo sé, pero no me refiero solo a los trigéminos. Alejandro carraspeó un poco nervioso. Quiero que tú y tus hijas también estén presentes. Ellas son las que logran que mis hijos se porten bien.

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