EL BEBÉ DEL MILLONARIO DESPIDIÓ 10 NIÑERAS EN 1 MES, PERO LA EMPLEADA CAMBIÓ TODO CON SUS 3 HIJAS…

Si ellas están ahí, los niños estarán tranquilos. Además, son parte de esto. Mariana abrió los ojos con sorpresa. Nosotras, Señor, pero con todo respeto, no tenemos ropa para una fiesta así. Sería una vergüenza para usted. Mis hijas tienen sus vestiditos de domingo, pero ya están viejitos.

Y Alejandro señaló la caja dorada sobre el escritorio y otras tres cajas más pequeñas al lado. Ábrelas. Mariana se acercó con manos temblorosas. Al levantar la tapa de la caja grande, el aliento se le cortó. Dentro había un vestido de noche color azul marino de una tela suave y elegante con un corte discreto pero precioso.

No era un vestido de sirvienta, era un vestido de dama. En las cajas pequeñas había tres vestidos idénticos de color crema para Sofía, Valentina y Camila, con lazos de seda en la cintura. Señor, yo no puedo aceptar esto. Esto debe costar una fortuna, susurró Mariana, acariciando la tela con miedo a estropearla.

No es un regalo, es un uniforme de gala si quieres verlo así. Mintió Alejandro suavemente, acercándose a ella. Quiero que te sientas cómoda. Quiero que todos vean a la mujer que ha salvado mi hogar. Por favor, Mariana, úsalo por mí. Mariana levantó la vista y sus ojos se encontraron. Hubo un silencio eléctrico. Alejandro sintió el impulso de acariciarle la mejilla, pero se contuvo.

“Gracias, Señor”, dijo ella con voz quebrada. “Mis hijas se sentirán como princesas”. Esa noche, cuando Mariana bajó las escaleras con sus hijas y los trigéminos, la sala se quedó en silencio por un momento. Mariana estaba espectacular. El azul del vestido resaltaba su piel canela y su cabello oscuro que hoy llevaba suelto en ondas suaves.

No parecía la empleada, parecía la dueña de la casa. Valeria, que estaba recibiendo a los invitados con un vestido rojo chillón y demasiadas joyas, sintió que la bilis le subía a la garganta. Vio como Alejandro miraba a Mariana. vio esa mirada de admiración, de respeto, de deseo.

“Maldita gata igualada”, pensó Valeria apretando su copa de champán hasta que casi se rompe. Me cree la cenicienta, pero le voy a romper el encanto ahora mismo. La cena comenzó. Todo iba perfecto. Los niños, guiados por Mariana y sus hijas, saludaron educadamente a los japoneses. Los inversionistas estaban encantados.

¿Qué familia tan hermosa tiene usted, Santoro San?”, dijo el señor Tanaca. Y la señora señaló a Mariana, que estaba ayudando a servir jugo a los niños en una mesa aparte. Tiene una elegancia natural. Es su esposa. Valeria, que escuchó esto, sintió que le estallaba una avena en la frente.

Se metió en la conversación bruscamente, agarrando el brazo de Alejandro como una garrapata. Oh, no, no. ¿Qué ocurrencia? Rió Valeria estridentemente. Ella es la niñera, la servidumbre. Ya sabe, hoy en día es tan difícil encontrar buen servicio que hay que vestirlos bien para que no desentonen, ¿verdad? El comentario fue tan ácido que el señor Tanca se sintió incómodo.

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