EL BEBÉ DEL MILLONARIO DESPIDIÓ 10 NIÑERAS EN 1 MES, PERO LA EMPLEADA CAMBIÓ TODO CON SUS 3 HIJAS…

Y curiosamente las únicas personas que han estado subiendo y bajando y que tienen acceso a toda la casa son y tus hijas. Eso es mentira. reaccionó Mariana indignada, abrazando más fuerte a su hija. Yo no he tomado nada. Jamás tomaría nada que no es mío. Ah, no. Valeria se rió con desprecio. Es fácil decirlo, pero la necesidad tiene cara de perro, ¿verdad? Tienes tres hijas que mantener. Un sueldo de miseria.

La tentación es grande. Valeria, basta. Intervino Alejandro poniéndose entre las dos. Mariana es incapaz de robar. Pongo las manos en el fuego por ella. Pues te vas a quemar, mi amor, gritó Valeria. Si es tan inocente que deje que revisemos sus cosas. El silencio en la sala era sepulcral. Mariana miró a Alejandro.

Vio la duda en los ojos de los invitados, el juicio silencioso de la alta sociedad. Sabía que si se negaba parecería culpable. Revise”, dijo Mariana con la voz temblando de rabia, pero con la cabeza alta. Revise todo. No tengo nada que ocultar. Mi pobreza no me hace ladrona. Valeria sonrió. “Excelente. Empecemos por esa mochila vieja de ahí”, dijo Valeria señalando la mochila de Sofía.

Sofía, la niña de 9 años, comenzó a llorar en silencio. “No, mamá. Ahí solo tengo mis tareas”, dijo la niña. Valeria, sin piedad, agarró la mochila, la volteó y la sacudió con fuerza sobre la mesa de cristal del centro de la sala, frente a todos los invitados. Cayeron cuadernos, lápices, una manzana a medio comer y con un sonido metálico y pesado cayó el reloj de oro y diamantes.

El sonido del oro golpeando el cristal resonó como un disparo. Clank! Todos ahogaron un grito. Alejandro se quedó petrificado mirando el reloj de su abuelo entre los cuadernos escolares de la niña. Sintió como si le hubieran dado un golpe en el estómago. El mundo se le vino abajo. Mariana miró el reloj incrédula. Sus ojos se llenaron de lágrimas de terror. No! Gritó Mariana.

Eso no es nuestro. Alguien lo puso ahí. Se lo juro por Dios, señor Alejandro. Ahí está la prueba. Chilló Valeria triunfante, señalándolas con el dedo como si fuera la justicia divina. Son unas ladronas, utilizan a las niñas para robar. Alejandro llama a la policía que se lleven a esta delincuente y a sus mocosas al reformatorio.

Alejandro levantó la vista del reloj y miró a Mariana. Sus ojos, antes llenos de admiración, ahora estaban nublados por el dolor y la traición. La evidencia era irrefutable. Estaba ahí en la mochila de la niña. Mariana vio la mirada de Alejandro y supo que había perdido. No importaba la verdad, importaba lo que se veía.

Y lo que se veía era la condena de su vida. “Señor, créame”, suplicó Mariana llorando desesperada. Alejandro apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Salgan de mi casa”, dijo Alejandro con voz baja rota. “Pero, señor, ¿qué salgan de mi casa ahora mismo?” Rugió Alejandro con un dolor que le desgarraba el alma.

Antes de que llame a la policía, lárgate y no vuelvas nunca. Mariana, humillada frente a 100 personas, con el corazón destrozado, no por el despido, sino por la injusticia hacia sus hijas, tomó sus cosas, agarró a sus tres niñas, que lloraban desconsoladas y caminó hacia la puerta con la cabeza gacha, bajo la lluvia de miradas de desprecio.

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