Valeria cruzó los brazos y sonrió. había ganado. Pero lo que nadie sabía, lo que ni siquiera Valeria sospechaba, es que en la esquina del salón una pequeña luz roja parpadeaba en un oso de peluche que había quedado olvidado sobre una silla. La cámara de seguridad portátil que Mariana usaba para vigilar el sueño de los bebés y esa pequeña luz roja lo había visto todo.
La caída de Mariana fue brutal, pero su ascenso será legendario. Prepárense, porque la injusticia de esta noche es solo el combustible para el fuego que vendrá después. ¿Podrá Alejandro perdonarse a sí mismo cuando descubra la verdad? ¿Sobrevivirá la familia sin Mariana? La parte más oscura de la noche acaba de comenzar. El sonido de la puerta principal de la mansión cerrándose a sus espaldas fue definitivo.
Fue un golpe seco, pesado, como el mazo de un juez dictando sentencia de muerte. Mariana se quedó parada en el pórtico unos segundos bajo la luz tenue de los faroles exteriores. Llevaba en brazos a Camila, que soylozaba en silencio, con la cara escondida en el cuello de su madre.
A su lado, Sofía y Valentina temblaban, no solo por el frío de la noche, sino por el shock. Llevaban puestos los vestidos de fiesta color crema, esos vestidos que hace unas horas las hacían sentir princesas y que ahora parecían disfraces ridículos en medio de su desgracia. “Mamá”, susurró Sofía, la mayor con la voz rota. ¿Por qué el señor Alejandro creyó que fuimos nosotras? Yo no toqué nada. Te lo juro, mamá.
Mariana se agachó, dejando a Camila en el suelo un momento y abrazó a las tres con una fuerza desesperada. “Lo sé, mi amor, lo sé”, dijo Mariana tratando de que su voz no se quebrara, aunque por dentro se estaba desmoronando. Yo sé quiénes son ustedes. Dios sabe quiénes son. Eso es lo único que importa. Pero nos miraron feo. Todos nos miraron como si fuéramos basura.
Jimoteó Valentina apretando su muñeca de trapo contra el pecho. Mariana se levantó y se secó las lágrimas rápidamente. No podía permitirse el lujo de derrumbarse. Ahora tenía que sacarlas de ahí. Vamos a casa dijo con firmeza. Levanten la cabeza. No hemos hecho nada malo. La vergüenza es para quien roba, no para quien es acusado injustamente. Caminaron hacia la reja de salida.
El guardia de seguridad, un hombre mayor llamado don Pedro, que siempre había sido amable con Mariana, les abrió el portón eléctrico. Él no las miró a los ojos, miraba al suelo, avergonzado de ser testigo de esa humillación. Lo siento, mi hija”, murmuró don Pedro cuando pasaron. “Yo sé que tú no fuiste.
” “Gracias, don Pedro”, respondió Mariana con un hilo de voz. Al salir a la calle, el cielo decidió unirse al drama. Empezó a llover, no una lluvia fuerte, sino una llovizna fría y persistente, de esa que te cala los huesos y el alma. No tenían paraguas, no tenían coche. Tuvieron que caminar cuatro cuadras hasta la parada del autobús, con sus vestidos de gala empapándose y pegándose al cuerpo bajo la mirada curiosa de los conductores que pasaban.
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