EL BEBÉ DEL MILLONARIO DESPIDIÓ 10 NIÑERAS EN 1 MES, PERO LA EMPLEADA CAMBIÓ TODO CON SUS 3 HIJAS…

Trabajaba como parte del equipo de limpieza general, la más baja en la jerarquía de la mansión. Nadie la notaba. Para los ricos de esa casa, ella era parte del mobiliario. Mariana apretó el trapo que tenía en las manos. Su corazón se encogió al escuchar el llanto de los niños arriba. Ella sabía lo que era el llanto de un niño que necesita atención, amor o simplemente un cambio de pañal con cariño y no con prisa.

Ella tenía tres hijas en casa, Sofía, Valentina y la pequeña Camila. Tres niñas que eran su motor, su vida entera y por las cuales aguantaba las humillaciones de ese trabajo. “Pobres angelitos”, susurró Mariana para sí misma con ese acento suave de quien tiene mucha ternura guardada y nadie a quien dársela en ese lugar frío. No son malos, solo están solitos.

¿Qué haces ahí parada mirando como boba? Una voz chillona y desagradable cortó los pensamientos de Mariana. Era Valeria, la prometida de Alejandro, una mujer espectacular por fuera, vestida con un conjunto de diseñador que costaba más de lo que Mariana ganaría en 10 años, pero podrida por dentro. Valeria caminaba taconeando fuerte como marcando territorio.

Odiaba a los niños, odiaba el desorden y, sobre todo, odiaba a cualquiera que fuera pobre. “Perdón, señorita Valeria”, dijo Mariana bajando la cabeza. Una costumbre aprendida a la fuerza para sobrevivir. Solo esperaba instrucciones para limpiar el cuarto de los niños cuando se calmaran. Pues no esperes, muévete, espetó Valeria con asco, mirándose las uñas perfectas.

Sube y limpia el desastre que dejaron esos mocosos antes de que Alejandro suba y le dé un infarto. Y ni se te ocurra mirarlos, no quiero que les pegues tus piojos o tu olor a pobreza. Mariana tragó el nudo de rabia que se le formó en la garganta. Si no necesitara el dinero para los medicamentos del asma de su hija menor, habría tirado el trapo ahí mismo. Pero la necesidad tiene cara de perro.

Y Mariana conocía esa cara muy bien. Sí, señorita, respondió su misa y subió las escaleras cargando su cubeta y sus productos de limpieza. Al llegar al cuarto de los niños, la escena era dantesca. Parecía que había explotado una bomba de juguetes y comida. Había papilla en las cortinas de seda, bloques de construcción regados como minas antipersonales por todo el suelo.

Y en el centro, en su corral gigante de diseño exclusivo, estaban los tres niños llorando a todo pulmón con las caras rojas y llenas de mocos. Mariana sintió un impulso irrefrenable de soltar la escoba y abrazarlos. Su instinto materno gritaba más fuerte que cualquier orden.

Pero justo cuando iba a dar un paso, Valeria entró al cuarto hablando por celular, ignorando olímpicamente el llanto de los niños. “Ay, sí, gorda, no te imaginas el infierno”, decía Valeria al teléfono riendo falsamente. La gorda esa renunció. Sí. Otra más. Alejandro está desesperado. Ojalá los mandara a un internado en Suiza. Te lo juro que me tienen harta.

Son insoportables, igualitos a la madre muerta esa. Valeria se acercó al corral. Uno de los bebés, Hugo, estiró sus manitas hacia ella buscando consuelo, manchándole levemente el pantalón blanco con sus dedos pegajosos de dulce. La reacción de Valeria fue instintiva y cruel. Sin dejar de hablar por teléfono, Valeria le dio un manotazo fuerte en la manita al bebé y luego, aprovechando que estaba de espaldas a la puerta, le dio un pellizco disimulado, pero fuerte en el brazo al niño. “Quítate, mugroso”, susurró con veneno tapando el micrófono del celular.

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