EL BEBÉ DEL MILLONARIO DESPIDIÓ 10 NIÑERAS EN 1 MES, PERO LA EMPLEADA CAMBIÓ TODO CON SUS 3 HIJAS…
El reloj marcaba las 3 de la madrugada y la mansión Santoro estaba sumida en una oscuridad tensa, pero no en silencio. Nunca había silencio. Alejandro estaba sentado en el suelo de su lujosa sala de estar, rodeado de papeles de contratos millonarios que no podía leer porque las letras le bailaban ante los ojos. Llevaba la misma camisa blanca desde la mañana, ahora arrugada.
y con los primeros botones desabrochados. Tenía una copa de whisky en la mano, pero no bebía, solo miraba a la nada. El sonido del llanto en la planta alta era constante, un ruido de fondo que le taladraba el alma. Habían pasado tres días desde que la última niñera renunció.
En esos tres días, la agencia de colocación Nani Elite había enviado a dos candidatas más. La primera, una señora alemana con credenciales militares, duró 4 horas. Salió corriendo cuando Luis le vomitó encima y Paco le mordió el tobillo con una precisión de tiburón. La segunda, una joven psicóloga infantil graduada con honores, terminó llorando en posición fetal en la esquina del cuarto de juegos, diciendo que los niños tenían una energía disruptiva incompatible con la vida humana. Alejandro se sentía un fracasado.
Podía comprar empresas, podía negociar con tiburones financieros, pero no podía hacer que sus propios hijos dejaran de llorar. ¿Por qué? Murmuró al techo hablando con su esposa fallecida. ¿Por qué me dejaste solo con esto, Elena? No puedo. Te juro que no puedo. Arriba, en el cuarto de los niños, el caos había alcanzado su punto máximo.
Los bebés estaban exhaustos, sobreestimulados, sucios y hambrientos de afecto, no de comida. Mariana estaba terminando su turno nocturno. Le habían pedido más bien ordenado, que se quedara horas extra para ayudar a limpiar el desastre continuo que generaban los niños. ya que no había niñera. Ella estaba en el pasillo trapeando el suelo con movimientos cansados. Sus brazos dolían.
Quería irse a casa, abrazar a sus hijas, dormir en su cama humilde, pero tranquila. Pero entonces el llanto cambió. Ya no era un llanto de berrinche, era un llanto de angustia, un llanto de mamá, ¿dónde estás? Mariana se detuvo, miró hacia la puerta entreabierta de los trigéminos. Sabía que estaba prohibido entrar.
Valeria le había dejado muy claro, “Tú limpias, no tocas a los niños.” Pero Valeria no estaba. Valeria estaba durmiendo plácidamente en la habitación de huéspedes con tapones en los oídos y un antifaz de seda despreocupada del mundo. “¡Al diablo!”, susurró Mariana. Dejó el trapeador recargado en la pared, se alizó el delantal y entró en la habitación.
El olor era fuerte, pañales sucios, leche ária. Los tres niños estaban en sus cunas individuales, agarrados a los barrotes, como pequeños prisioneros desesperados. Cuando vieron entrar a Mariana, el llanto se detuvo por un microsegundo. La miraron con curiosidad. No era la señora que gritaba. Matilde no era la que olía a perfume fuerte.
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