EL BEBÉ DEL MILLONARIO DESPIDIÓ 10 NIÑERAS EN 1 MES, PERO LA EMPLEADA CAMBIÓ TODO CON SUS 3 HIJAS…

Valeria no era el papá que los miraba con miedo. Alejandro era alguien tranquila. Mariana no dijo nada. Se movió con una calma que parecía sobrenatural en medio de ese caos. Primero abrió la ventana un poco para dejar entrar el aire fresco de la noche. Luego, sin hacer movimientos bruscos, se acercó a Hugo, el que más lloraba. Sh, ya pasó, mi amor, ya pasó.

Su voz era suave, como tercio pelo. No era la voz fingida de las niñeras profesionales, era la voz de una madre. Lo levantó con seguridad. El niño, sorprendido por la firmeza y la calidez del abrazo, recargó la cabeza en su hombro. Mariana lo olió. Olía a bebé descuidado.

Con rapidez y eficiencia lo cambió, lo limpió y lo volvió a acostar. Pero esta vez, arropándolo bien, haciéndolo sentir contenido. Hizo lo mismo con Paco y con Luis. En 10 minutos los tres niños estaban limpios y secos, pero seguían despiertos, con los ojos abiertos como platos, esperando el siguiente grito, el siguiente susto. Estaban tensos. Mariana sabía lo que necesitaban. No necesitaban juguetes caros, necesitaban paz.

Se sentó en la mecedora vieja que nadie usaba en la esquina del cuarto. Apagó la luz principal y dejó solo una lamparita tenue. Y entonces empezó a cantar. No era una ópera, no era música clásica, era una canción sencilla, una nana vieja que su abuela le cantaba a ella en el pueblo y que ella le cantaba a sus tres hijas cada noche.

Duérmete, mi niño, que la noche viene con su manto de estrellas a cuidarte a ti. No tengas miedo, que aquí estoy yo, cerquita de tu alma, cerquita de tu amor. Su voz no era perfecta, pero tenía una afinación emocional que vibraba en el aire. Era una voz cargada de verdad. Mientras cantaba, la atmósfera de la habitación cambió.

La electricidad estática del estrés se disipó. Los trigéminos, que habían despedido a 10 niñeras, que habían mordido, gritado y pataleado contra todo el mundo, se quedaron inmóviles. Escuchaban. Sus respiraciones agitadas se fueron acompasando con el ritmo de la canción de Mariana. Paco cerró los ojos primero, luego Luis.

Hugo luchó un poco más, agarrando con su manita un dedo de Mariana que ella le había ofrecido a través de los barrotes. Pero finalmente, vencido por la seguridad que sentía, se rindió al sueño. Silencio. Un silencio absoluto, denso, milagroso. Abajo, en la sala, Alejandro levantó la cabeza de golpe. El vaso de whisky casi se le cae de la mano. El ruido había cesado. De golpe.

¿Qué pasó?, pensó con el corazón acelerado. El pánico lo invadió. Les había pasado algo? Se habían asfixiado. Se habían escapado. El silencio era tan inusual que le pareció más aterrador que el ruido. Alejandro se levantó de un salto y corrió hacia las escaleras. Subió los escalones de dos en dos con la adrenalina disparada.

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