Averiguar quién es ella, averiguar su nombre. La mañana siguiente traería el sol, pero también traería la tormenta, porque cuando Mariana regresara a la mansión, no solo tendría que lidiar con la suciedad de la casa, sino con la suciedad de las mentiras que Valeria ya estaba empezando a tejer. ¿Están listos para ver cómo una mentira puede destruir una vida en segundos? Porque lo que Valeria va a hacer al amanecer hará que les hierva la sangre.
No se despeguen, porque esto apenas comienza. La luz del sol entraba por los ventanales de la cocina como una bendición que nadie esperaba. Eran las 8 de la mañana y por primera vez en la historia reciente de la mansión Santoro no se escuchaban gritos, no había llantos, no había cosas rompiéndose contra el suelo. Alejandro bajó las escaleras con una energía diferente.
Se había afeitado. Su camisa estaba impecable. Y aunque todavía tenía ojeras, sus ojos brillaban con una chispa de esperanza. Buenos días”, saludó al entrar a la cocina, sorprendiendo al chef y a Mariana, que estaba fregando el suelo de rodillas en una esquina. Mariana levantó la vista y sintió un vuelco en el estómago.
Ver al patrón de buen humor era tan raro como ver nevar en verano. “Buenos días, señor Alejandro”, respondieron los empleados al unísono. Alejandro se sirvió un café él mismo, algo que nunca hacía. Estaba ansioso. Necesitaba confirmar que lo de la noche anterior no había sido un sueño febril provocado por el estrés.
¿Alguien ha visto a Valeria?, preguntó mirando hacia la entrada. En ese preciso momento, como si hubiera sido invocada por un director de cine, Valeria entró en la cocina. Llevaba una bata de seda color champán, el cabello perfectamente cepillado, aunque fingía estar despeinada de recién levantada y una expresión de mártir sufrida.
“Buenos días, mi amor”, dijo Valeria con voz ronca y teatral, acercándose a Alejandro para darle un beso en la mejilla. “Ay, estoy muerta, no siento las piernas.” Alejandro la miró con curiosidad. “¿Dormiste mal? preguntó él. Valeria soltó una risita nerviosa y miró de reojo a Mariana, que seguía en el suelo, limpiando una mancha invisible, pero escuchando cada palabra.
“Dormir”, exclamó Valeria abriendo los ojos con exageración. “Alejandro, por favor, ¿quién crees que logró que tus hijos durmieran anoche? Me pasé toda la madrugada con ellos, cantándoles, cargándolos. meciéndolos. Casi me rompen la espalda, pero pobrecitos, necesitaban amor maternal. Y como tú estabas tan ocupado con tus papeles, pues me sacrifiqué.
El trapo Mariana tenía en la mano se detuvo en seco. Su corazón dio un golpe fuerte contra sus costillas. Mentira, pensó. Es una mentira podrida. Ella había visto a Valeria durmiendo con antifaz. Ella había sido quien cantó, ella había sido quien calmó a los niños. Alejandro abrió los ojos sorprendido y conmovido. Fuiste tú.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
