“Maldita sea”, gritó golpeando la mesa del despacho. Valeria estaba en el sofá leyendo una revista de modas. “Valeria, tienes que quedarte con ellos”, dijo Alejandro desesperado, poniéndose el saco. “Es solo por 3 horas, por favor.” La niñera no viene. Valeria saltó del sofá como si tuviera resortes. Yo, ¿estás loco?, gritó ella. Tengo cita en el spa.
Llevo esperando dos semanas por el tratamiento de caviar para la piel. No puedo cancelar. Además, esos niños hoy están insoportables. Seguro tienen virus. Son mis hijos, Valeria, y dijiste que los amabas. reclamó Alejandro viendo por primera vez una grieta en la máscara de su prometida.
“Los amo, pero no soy su sirvienta”, respondió ella con desdén. “Busca a alguien más o llévalos a la oficina.” Alejandro se quedó paralizado. No podía llevar a tres bebés gritones a una reunión de negocios de alto nivel. Iba a perder el contrato, iba a perder millones. estaba atrapado. En ese momento, la puerta del despacho estaba entreabierta.
Mariana estaba aspirando el pasillo. Había escuchado todo. Vio la angustia en la cara de Alejandro, un hombre poderoso, reducido a la impotencia por la falta de apoyo. Vio la crueldad egoísta de Valeria. Mariana apagó la aspiradora. El silencio de la máquina llamó la atención de Alejandro. Ella sabía que iba a cruzar una línea.
Sabía que no debía meterse, pero su corazón no la dejaba quieta. “Disculpe, patrón”, dijo Mariana desde la puerta con voz temblorosa pero firme. Alejandro se giró con los ojos inyectados en sangre por el estrés. “Ahora no, Mariana, por favor, señor, yo puedo cuidarlos.” Soltó Mariana rápido antes de arrepentirse. Valeria soltó una carcajada burlona.
Tú la de la limpieza. Por favor, Alejandro, si las profesionales no pueden, ¿qué va a hacer esta ignorante? Seguro les da de comer frijoles y los deja viendo la televisión todo el día. Alejandro ignoró a Valeria y miró a Mariana fijamente. Vio algo en sus ojos. Vio la misma calma que había visto esa noche en la habitación oscura. Vio seguridad.
“Tienes experiencia con niños?”, preguntó Alejandro ignorando el veneno de su novia. “Soy madre de tres niñas, señor”, respondió Mariana con orgullo, levantando la barbilla. “Las he criado sola y con mucho amor. Sé cambiar pañales, sé preparar mamilas y, sobre todo, señor, sé tener paciencia.
Sus hijos no son malos, solo están asustados. Yo puedo cuidarlos. Váyase a su reunión. Alejandro miró el reloj. Faltaban 40 minutos. Miró a Valeria, que estaba indignada, y luego a Mariana, que esperaba con humildad. No tenía opción. Era un salto de fe. “Está bien”, dijo Alejandro sacando su cartera y poniendo varios billetes sobre la mesa.
“Hazte cargo. Si cuando regrese la casa sigue en pie y mis hijos están vivos, te pagaré el doble de tu sueldo del mes.” Alejandro, chilló Valeria. No puedes dejar la mansión en manos de esta cualquiera. “Cállate, Valeria”, rugió Alejandro, sorprendiéndolas a las dos. Si tú no vas a ayudar, no estorbes. Me voy. Alejandro salió corriendo.
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