El corazón le latía tan fuerte que parecía delatar su presencia, pero nadie se fijaba en ella. Para casi todos, seguía siendo invisible, solo otra empleada de limpieza cumpliendo con sus tareas. Carmen entró en un área de servicio con luz fría y paredes marcadas por el tiempo. Dentro había cajas, carritos de suministros, sábanas apiladas y, sí, las cubetas metálicas.
La joven se detuvo frente a ellas como quien encuentra un arma en medio de una guerra. Abrió una tapa y vio el hielo compacto brillando bajo la luz fluorescente. Por un instante, la duda mordió su valentía. Y si estoy equivocada. Y si empeoró todo la imagen de su hermana menor muerta en sus brazos le respondió de inmediato.
Equivocado es no hacer nada, pensó. Y sus manos, aunque temblaban ligeramente, actuaron con determinación. Tomó una cubeta con ambas manos, sintiendo como el metal helado le mordía la piel, y el peso hizo que sus hombros protestaran. Vamos, solo un poco más”, murmuró arrastrándola primero y luego levantándola con un esfuerzo que pareció mayor que su propio cuerpo.
El hielo se sacudía dentro produciendo un sonido seco casi amenazante. Sabía por fragmentos de conversaciones que había escuchado y vídeos que había estudiado obsesivamente, que el frío extremo podía desacelerar los procesos metabólicos, darle al cuerpo una mínima oportunidad cuando todo parecía perdido. la hipotermia terapéutica, así lo llamaban en los documentales médicos, que veía hasta la madrugada.
Era una idea desesperada, sí, pero la situación también lo era. En el camino de regreso hacia la cuarta planta, los pasillos parecieron más largos que nunca. esquivaba camillas, personal que corría de un lado a otro, puertas que se abrían y cerraban constantemente. Algunas personas miraban rápido, sin entender qué hacía una limpiadora joven cargando una cubeta metálica con hielo dentro de un hospital de ese nivel, dirigiéndose hacia las áreas restringidas.
“Oye, tú!”, gritó alguien a lo lejos, pero ella fingió no escuchar. Si me detienen, ahora, seacabó, pensó y apuró el paso, sintiendo como el sudor le corría por la espalda a pesar del frío que emanaba de la cubeta. El miedo era real, palpable, pero la determinación era mayor. Cuando se acercó al área de partos de la cuarta planta, la atmósfera era distinta, una tensión de duelo reciente, mezclada con prisa. administrativa.
Escuchó voces bajas, llantos contenidos, órdenes secas de médicos preparando el papeleo del fallecimiento. Encontró la puerta de la sala donde estaba Diego y el corazón se le saltó un latido al ver de reojo al bebé, tan pequeño, tan quieto, rodeado de adultos que parecían enormes e impotentes. Por un segundo, el mundo giró a su alrededor. Es él.
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