Dentro del hospital, Carmen sentía el peso de esa atención, sin entender del todo lo que estaba pasando. La habían llevado a una sala pequeña de espera del personal, lejos de la UCI neonatal, con una botella de agua y un sándwich de máquina intacto sobre la mesa de plástico. “Hice algo malo”, pensaba apretando las manos sudorosas sobre las piernas, con el uniforme todavía húmedo por el esfuerzo.
Cada vez que alguien abría la puerta, ella se encogía automáticamente, lista para escuchar un regaño severo o una orden de despido inmediato. Durante toda su vida laboral, ser notada nunca había significado algo bueno para alguien de su posición. Aquella joven de clase trabajadora no sabía diferenciar fama de peligro, reconocimiento de amenaza.
Para ella, todo aquello sonaba como el preludio de un problema grave, quizás una demanda, quizás la pérdida de su empleo, el único sustento que tenía para ayudar a su madre enferma. Rafael, todavía aturdido por la montaña rusa emocional, observaba todo desde la ventana de la UCI neonatal, intentando organizar sus propios sentimientos contradictorios.
Su hijo estaba vivo, respirando con ayuda de aparatos sofisticados, monitorizado constantemente, y eso era lo único que realmente importaba en ese momento. Pero entre una visita y otra para ver a Diego a través del cristal, no lograba sacar el rostro de aquella mujer joven de su cabeza. ¿Quién es?, preguntó finalmente a un médico que pasaba revisando gráficas.
¿De dónde salió? ¿Cómo supo qué hacer? La respuesta llegó cargada de incertidumbre y sorpresa. No lo sabemos exactamente. Parece que trabaja en limpieza. No tiene formación médica oficial, pero de alguna manera sabía sobre hipotermia terapéutica. Eso golpeó a Rafael de una forma extraña y profunda. Una limpiadora joven, invisible para el sistema, había hecho lo que años de dinero, tecnología de punta y especialistas altamente capacitados no lograron hacer en ese momento crítico.
Cuando finalmente pidió hablar personalmente con Carmen, el encuentro comenzó en un silencio denso ycargado de emociones. Rafael entró a la sala de espera del personal con pasos cuidadosos, como si temiera asustar a un animal herido. La joven levantó la mirada de inmediato con esa expresión defensiva que desarrollan quienes están acostumbrados a ser culpados.
¿Usted es el padre del bebé? Preguntó en voz baja, casi tímida. Rafael asintió lentamente, sintiendo un nudo en la garganta. Soy yo y necesitaba verte. necesitaba hablar contigo. Hubo una pausa pesada, incómoda, llena de expectativas no expresadas. ¿Por qué? Se atrevió a preguntar Carmen con genuina confusión en el rostro.
Vine a despedirme, a disculparme por entrar sin permiso. Rafael respiró hondo antes de responder, eligiendo cada palabra con cuidado. Porque tú salvaste la vida de mi hijo cuando nadie más pudo o quiso intentarlo. Las palabras quedaron suspendidas en el aire de aquella pequeña sala, demasiado grandes, demasiado significativas. Carmen bajó la mirada incómoda, retorciendo las manos sobre el regazo.
Yo solo intenté hacer algo. No podía quedarme sin intentar. No después de lo que pasó con mi hermana, dijo casi disculpándose como si hubiera cometido un error al actuar. Rafael se sentó frente a ella en una silla de plástico barata, ignorando completamente la diferencia de clases sociales que normalmente habría mantenido.
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