Esa noche, cuando le contó a Paloma sobre la confrontación con su madre, ella lo abrazó con una mezcla de tristeza y admiración. Rodrigo, lamento que tengas que elegir entre tu familia y yo. Nunca quise que sucediera esto. Paloma, tú y Santiago son mi familia. Todo lo demás son solo personas que tendrán que aprender a aceptar esa realidad.
Fue entonces cuando ambos comprendieron que construir un amor verdadero a veces requiere decisiones difíciles y que el precio de la autenticidad puede ser alto, pero siempre vale la pena pagarlo. 6 meses después, Rodrigo y Paloma celebraron una boda que rompió todos los protocolos sociales esperados para un magnate inmobiliario de su nivel. En lugar de una ceremonia ostentosa en uno de los hoteles más exclusivos de la ciudad, eligieron casarse en el jardín de la Fundación Esperanza Brillante, el lugar donde su amor había florecido mientras cuidaban juntos a los niños que les
habían enseñado el verdadero significado de la familia. La lista de invitados fue una mezcla extraordinaria que reflejaba la nueva realidad de sus vidas. Estaban presentes las familias de los niños de la fundación, los compañeros de trabajo de paloma del restaurante, sus compañeros de universidad, los empleados más cercanos de la empresa de Rodrigo y aquellos socios empresariales que habían demostrado apoyo genuino hacia la pareja. Notablemente ausente estaba la madre de Rodrigo, quien había mantenido
su postura de desaprobación hasta el final. Santiago, ahora de 19 meses y caminando con la energía desbordante típica de los niños de su edad, fungió como el portador de anillos más adorable que los invitados habían visto jamás. Vestido con un pequeño smoking que había insistido en usar solo si incluía sus zapatos deportivos favoritos, el bebé caminó por el pasillo llevando las argollas atadas a una pequeña almohada, deteniéndose ocasionalmente para saludar con la mano a los invitados que lo aplaudían con ternura. Paloma había elegido un vestido simple pero elegante,
diseñado por una costurera local de su barrio, que había trabajado durante semanas para crear algo único y perfecto para la ocasión. No llevaba joyas costosas ni accesorios sostentosos. Su belleza radicaba en la felicidad genuina que irradiaba y en la confianza natural que había desarrollado durante los meses anteriores.
La ceremonia fue oficiada por el padre Miguel, el sacerdote de la parroquia donde Paloma había crecido, quien había conocido a la familia desde la infancia y había sido testigo de la transformación extraordinaria de la joven mesera tímida en una mujer segura de sí misma y profundamente enamorada. Durante sus votos matrimoniales, Rodrigo habló con una emotividad que sorprendió incluso a quienes lo conocían mejor.
Paloma, tú me salvaste mucho antes de salvar a Santiago esa noche en el restaurante. Me salvaste de una vida vacía, de un éxito sin propósito, de un futuro sin amor verdadero. Te prometo que voy a pasar cada día de mi vida tratando de ser el hombre que merezca caminar a tu lado, que merezca ser el padre de nuestros hijos, que merezca ser tu compañero en todos los sueños que aún nos faltan por cumplir.
Los votos de paloma fueron igualmente conmovedores. Rodrigo, cuando era niña y ayudaba a mi mamá a limpiar casas grandes como la tuya, nunca imaginé que algún día viviría en una. Pero ahora entiendo que el hogar no es un lugar, sino las personas con las que lo compartes, tú y Santiago, se han convertido en mi hogar.
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