3 años después de esa mágica noche en el restaurante que cambió sus vidas para siempre, Rodrigo y Paloma habían construido una existencia que superaba cualquier sueño que hubieran podido imaginar individualmente. Su hogar se había convertido en el centro de una red extraordinaria de familias, amigos y colaboradores unidos por valores compartidos y el deseo común de crear un impacto positivo en el mundo.
Santiago, ahora de 4 años había florecido de maneras que desafiaban todas las limitaciones que algunos médicos habían predicho inicialmente. asistía a una escuela inclusiva donde sus diferencias eran celebradas como fortalezas únicas y había desarrollado una personalidad carismática que lo convertía en el líder natural de cualquier grupo de niños.
Sus habilidades sociales excepcionales y su capacidad innata para hacer sentir especiales a otros, habían inspirado a sus padres a fundar un programa de liderazgo juvenil que entrenaba a niños con y sin discapacidades para ser embajadores de inclusión en sus comunidades. Paloma había completado su carrera en trabajo social con honores, especializándose en terapia familiar y desarrollo comunitario.
Su tesis sobre modelos de inclusión social basados en fortalezas comunitarias había sido reconocida nacionalmente y había resultado en invitaciones para dar conferencias en universidades y organizaciones internacionales. Sin embargo, a pesar de todas las oportunidades profesionales que se habían abierto para ella, había elegido enfocar su trabajo en la fundación que llevaba el nombre de su hermano Miguel, la cual había crecido hasta convertirse en un modelo replicado en seis estados del país. Rodrigo había transformado completamente su empresa, convirtiéndola
en pionera de desarrollo inmobiliario socialmente responsable. Sus proyectos ahora incluían siempre componentes de vivienda accesible, espacios comunitarios inclusivos y oportunidades de empleo para personas de comunidades marginadas. había descubierto que hacer el bien no solo era moralmente satisfactorio, sino también extraordinariamente rentable, atrayendo inversionistas y clientes que valoraban la responsabilidad social corporativa.
La relación con la madre de Rodrigo había experimentado una evolución lenta pero significativa. El nacimiento de Sofía, la segunda hija de la pareja, había suavizado algunas de las resistencias familiares al ver como Santiago y Sofía prosperaban bajo el cuidado amoroso de Paloma y al presenciar la felicidad genuina de su hijo, la abuela había comenzado a cuestionar sus propios prejuicios.
Aunque las visitas familiares aún incluían momentos de tensión, habían encontrado un equilibrio respetuoso que permitía a los nietos conocer a su abuela sin comprometer los valores familiares que Rodrigo y Paloma habían establecido. Un martes por la noche, exactamente 5 años después del incidente que los había unido, la familia regresó a Lejardé para una cena especial.
El restaurante había cambiado significativamente desde entonces. Bajo la influencia indirecta de la historia de Rodrigo y Paloma, la administración había implementado programas de capacitación para empleados, políticas de trato respetuoso hacia el personal y un fondo de becas educativas para empleados que quisieran continuar sus estudios.
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