El trayecto hasta el restaurante se sintió diferente esa mañana. Rodrigo, acostumbrado a revisar emails y hacer llamadas durante sus traslados, se dedicó completamente a observar a Santiago. El bebé sonreía y balbuceaba ajeno a la tormenta emocional que vivía su padre. En algún momento del viaje, Rodrigo se dio cuenta de que había estado tan enfocado en proteger a su hijo de un mundo que consideraba hostil.
que había olvidado ver la belleza y fortaleza que Santiago ya poseía. Le Jardín Dogé lucía completamente diferente durante las horas de la mañana, sin los manteles elegantes, las velas encendidas y los clientes adinerados. El lugar revelaba su esencia más humilde.
Los empleados preparaban el servicio del día y por primera vez Rodrigo pudo verlos realmente como personas con historias. sueños y vidas complejas más allá de su función en el restaurante. Paloma estaba arreglando las mesas del área principal cuando el manager del restaurante, sorprendido por la presencia temprana del cliente más importante del lugar, se acercó a recibirlo.
Rodrigo pidió hablar a solas con la mesera que había ayudado a su hijo la noche anterior y aunque el manager encontró extraña la petición, no estaba en posición de negársela al hombre que prácticamente financiaba el lugar con sus frecuentes visitas y eventos empresariales.
Cuando Paloma se acercó, Rodrigo pudo ver algo en sus ojos que la noche anterior había pasado por alto debido al shock del momento. Vía una profundidad, una calidez genuina que contrastaba completamente con las miradas calculadas y ambiciosas a las que estaba acostumbrado en su círculo social. Ella mantenía la vista baja, claramente incómoda por la situación y Rodrigo se dio cuenta de que no sabía cómo comenzar esa conversación.
Santiago, como si percibiera la tensión del momento, extendió sus pequeños brazos hacia Paloma y emitió un sonido de alegría. La reacción de la joven fue instantánea. Su rostro se iluminó con una sonrisa genuina y sin pensarlo, extendió su dedo para que el bebé pudiera agarrarlo. En ese gesto simple, Rodrigo vio algo que lo conmovió profundamente.
Paloma no miraba a Santiago con lástima o incomodidad, como tantas otras personas habían hecho. Lo miraba con el mismo cariño natural que mostraría hacia cualquier bebé. La conversación que siguió fue breve, pero reveladora. Paloma le contó que había aprendido primeros auxilios durante un curso gratuito en la Cruz Roja, motivada por su trabajo en el restaurante donde a menudo había adultos mayores que podrían necesitar ayuda. Su humildad era genuina.
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