Para ella, lo que había hecho la noche anterior no era nada extraordinario, simplemente había reaccionado como cualquier persona decente lo habría hecho. Rodrigo se encontró estudiando cada detalle de su comportamiento, la forma en que sus manos temblaban ligeramente debido a los nervios, cómo evitaba el contacto visual directo, pero se iluminaba cuando interactuaba con Santiago, la sencillez de sus palabras comparada con la sofisticación artificial de las mujeres de su círculo social. Había algo auténtico en Paloma que despertaba en él
emociones que había olvidado que existían. Antes de marcharse, Rodrigo le preguntó si conocía algún lugar donde pudiera aprender más sobre el cuidado de niños con necesidades especiales. La respuesta de Paloma lo sorprendió. Ella había sido voluntaria durante años en una fundación que apoyaba a familias con hijos con discapacidades, no por obligación o para cumplir con servicio social, sino porque genuinamente disfrutaba ayudar y aprender de esas familias extraordinarias. La fundación Esperanza Brillante se
ubicaba en una modesta casa de dos pisos en la colonia del Valle, muy lejos del glamur de Santa Fe y Polanco, donde Rodrigo había construido su imperio. Cuando llegó ese sábado por la mañana con Santiago en brazos, se sintió completamente fuera de lugar. Su BMW último modelo contrastaba dramáticamente con los autos compactos y motos estacionadas en la calle, pero había algo en el ambiente del lugar que inmediatamente lo tranquilizó.
Paloma lo recibió en la entrada principal y Rodrigo pudo notar como su personalidad se transformaba completamente en ese ambiente. Aquí no era la mesera tímida que pasaba desapercibida entre las mesas elegantes. Aquí era una mujer segura de sí misma, respetada y claramente amada por todos los que la rodeaban. Los niños corrían hacia ella gritando su nombre.
Los padres la saludaban con cariño genuino y el personal de la fundación la consultaba constantemente sobre diferentes asuntos. La directora de la fundación, una mujer mayor llamada Elena Vázquez, recibió a Rodrigo con una sonrisa cálida, pero analizadora. Había visto pasar por ahí muchos padres adinerados que llegaban llenos de culpa y con ganas de arreglar la condición de sus hijos mediante donaciones generosas.
Pero algo en la forma en que Rodrigo sostenía a Santiago con esa mezcla de amor y vulnerabilidad le indicó que este caso podría ser diferente. Durante las siguientes 3 horas, Rodrigo vivió una experiencia que cambió completamente su perspectiva sobre la paternidad y la discapacidad.
vio niños con síndrome de Down, autismo, parálisis cerebral y otras condiciones, no como pacientes o casos de estudio, sino como individuos únicos, llenos de personalidad, alegría y potencial. Observó como Paloma interactuaba con cada uno de ellos, conociendo sus nombres, sus preferencias, sus pequeños logros y desafíos diarios. Santiago parecía haber encontrado su lugar en el mundo.
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