El hombre que solía pasar 14 horas diarias en su oficina revisando contratos y cerrando negocios millonarios, ahora encontraba formas de terminar su jornada laboral temprano para pasar tiempo en la Fundación Esperanza Brillante. Sus socios y empleados notaron el cambio, pero ninguno se atrevía a cuestionar las nuevas prioridades del magnate inmobiliario más poderoso de la Ciudad de México. Santiago se había convertido en la pequeña estrella de la fundación.
Su personalidad alegre y su sonrisa contagiosa iluminaban cada sesión de terapia. Los otros niños lo habían adoptado como su hermano menor y los padres comentaban constantemente cómo la presencia del bebé había traído una energía especial al lugar. Rodrigo observaba estas interacciones con una mezcla de orgullo y asombro, dándose cuenta de que su hijo poseía un don natural para conectar con otros que él había subestimado completamente.
Paloma había comenzado a mostrarse menos tímida en presencia de Rodrigo, aunque todavía mantenía cierta distancia respetuosa que él encontraba tanto frustrante como encantadora. Durante las actividades grupales, él había comenzado a notar pequeños detalles sobre ella que lo fascinaban.
La forma en que se mordía el labio inferior cuando estaba concentrada, como sus ojos se iluminaban cuando algún niño lograba un pequeño avance, la paciencia infinita que mostraba incluso en los días más difíciles. Una tarde de jueves, mientras ayudaba a organizar material didáctico en una de las aulas, Rodrigo encontró el valor para hacer una pregunta que había estado rondando su mente durante días.
Paloma, ¿puedo preguntarte algo personal? Su voz sonó más nerviosa de lo que había pretendido. Ella levantó la vista de los libros que estaba ordenando y por un momento sus ojos se encontraron directamente. Claro, señor Mendoza. Rodrigo, por favor, después de todo lo que hemos compartido aquí, creo que podemos dejarnos de formalidades.
Hizo una pausa buscando las palabras correctas. Me pregunto qué te motivó realmente a aprender primeros auxilios y cómo llegaste a esta fundación. La expresión de paloma se suavizó y por primera vez desde que se conocían ella se relajó completamente. Se sentó en una de las sillas pequeñas diseñadas para los niños y Rodrigo hizo lo mismo, sintiéndose ridículo, pero decidido a mantener la conversación al mismo nivel.
Cuando tenía 15 años, mi hermano menor se ahogó en la alberca de una casa donde mi mamá trabajaba como empleada doméstica. Nadie sabía qué hacer. Y para cuando llegó la ambulancia, su voz se quebró ligeramente. Se llamaba Miguel. Era el más inteligente de todos nosotros. tenía sueños enormes. Quería ser doctor. Rodrigo sintió un nudo en el estómago.
La historia explicaba tanto sobre la reacción instintiva de Paloma esa noche en el restaurante, sobre su dedicación a ayudar a otros, sobre la profundidad de comprensión que mostraba ante el dolor ajeno. Después de eso, juré que nunca más me quedaría sin saber cómo ayudar a alguien en una emergencia. Tomé todos los cursos de primeros auxilios que pude.
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