El bebé del millonario se atragantaba desesperado, hasta que una mesera tímida hizo lo impensable…

Trabajé extra para pagarlos. Estudié hasta memorizar cada procedimiento. Paloma sonrió tristemente. Y llegué aquí porque estos niños me recuerdan que cada vida es preciosa, sin importar las dificultades que pueda traer consigo. En ese momento, Rodrigo comprendió que había estado viviendo en un mundo artificial donde el valor de las personas se medía por sus cuentas bancarias y sus logros profesionales.

Paloma había perdido a su hermano, había convertido ese dolor en propósito y había dedicado su vida a asegurar que otros no vivieran la misma tragedia que había marcado a su familia para siempre. Lo siento mucho, Paloma. No tenía idea de que comenzó a disculparse, pero ella lo interrumpió con una sonrisa genuina. No tienes que disculparte.

Miguel hubiera adorado conocer a Santiago. Siempre decía que los bebés eran como pequeños maestros que venían a enseñarnos cosas que habíamos olvidado sobre la vida. Santiago, como si hubiera escuchado su nombre, gateó hacia ellos desde el área de juegos donde había estado interactuando con otros niños.

se dirigió directamente hacia Paloma, levantó sus bracitos para que lo cargara y una vez en sus brazos comenzó a tocar suavemente su rostro con sus pequeñas manos, como si quisiera borrar la tristeza que había aparecido en sus ojos. Rodrigo observó la escena sintiendo como algo se movía profundamente en su pecho.

No era solo atracción física, aunque tenía que admitir que Paloma le parecía hermosa de una forma que no había experimentado antes. Era algo mucho más profundo, admiración, respeto y un reconocimiento de que había encontrado a alguien cuya riqueza interior superaba cualquier fortuna material que él hubiera acumulado. Esa noche, después de acostar a Santiago, Rodrigo se encontró sentado en su balcón con vista a toda la ciudad, reflexionando sobre la conversación del día.

Por primera vez en años no revisó emails de trabajo ni planificó estrategias empresariales. En lugar de eso, pensó en Miguel, el hermano de Paloma que nunca conocería, en la fortaleza extraordinaria que había permitido a una joven convertir una tragedia personal en un propósito de vida y en cómo su propio hijo había sido el puente que lo había llevado a descubrir un mundo que siempre había existido, pero que él había sido demasiado ciego para ver.

Esa noche Rodrigo Mendoza comenzó a enamorarse no del tipo de amor superficial que había experimentado en relaciones anteriores basadas en conveniencia mutua y estatus social, sino de algo profundo, real y transformador, que prometía cambiar no solo su corazón, sino toda su forma de entender la vida.

La relación entre Rodrigo y Paloma había comenzado a evolucionar de manera sutil, pero innegable. Durante las actividades en la fundación, sus conversaciones se extendían más allá de los temas relacionados con Santiago y los otros niños. Él había comenzado a preguntarle sobre sus sueños, sus pensamientos, sus opiniones sobre la vida y ella gradualmente había empezado a compartir partes más íntimas de su mundo interior.

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