Durante los dos días siguientes, el niño apenas durmió. El llanto continuaba día y noche. Los padres cambiaban de posición, lo llevaban en brazos y paseaban por el apartamento, pero fue en vano. La fatiga aumentaba y la ansiedad, cada vez más.
La tercera noche, el padre mandó a su esposa a descansar y se quedó solo con el bebé. Se sujetó el portabebés al pecho y caminó lentamente de una habitación a otra, intentando no detenerse. Con el tiempo, el llanto del bebé se fue apagando y se convirtió en una respiración agitada.
Cuando el bebé se calmó un poco, el padre se incorporó y lo observó detenidamente. Notó que una de las piernas de su hijo se movía con normalidad, pero la otra apenas se movía y permanecía doblada. Esto le pareció extraño.
El padre se desabrochó la ropa y examinó sus piernas. Al principio, todo parecía normal. Luego se quitó los calcetines y notó un detalle muy extraño.
Un pie estaba normal. El otro estaba hinchado, caliente y rojo oscuro. Entre los dedos había un hilo fino, casi invisible. Era un pelo largo. A juzgar por el color, era el pelo de su esposa.
Se había enrollado alrededor de los dedos del bebé y le apretaba la pierna con fuerza. El cabello fino interrumpió el flujo sanguíneo y la piel que lo cubría comenzó a cicatrizar.
El padre despertó a su esposa y fueron inmediatamente al hospital. En urgencias, les mostraron a los médicos la pierna del bebé. La reacción fue inmediata.
No era un cólico.
El niño fue llevado de urgencia al quirófano. Los médicos dijeron que, si pasaba más tiempo, las consecuencias podrían ser irreversibles.
Los padres llegaron justo a tiempo. Para un adulto, el cabello fino no sería un problema tan grave, pero para un bebé, cuya piel aún era muy fina, casi le exigía una amputación.
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