La reacción fue inmediata.
Su madre estaba furiosa. Sus amigos se burlaban de él.
"¿Una criada?", decían. "¿Con tres hijos? Estás firmando una deuda vitalicia".
Nathan se mantuvo firme. Se casaron en silencio.
En el altar, Emily lloró.
"¿Estás segura?", preguntó. "Puede que te arrepientas de esto".
"No lo haré", respondió Nathan. "Te amo a ti y a los niños".
Esa noche, en el silencio de su suite nupcial, Emily tembló. Nathan se acercó a ella con delicadeza, dispuesto a ver las marcas del sacrificio: estrías, cicatrices, recordatorios de la maternidad. Para él, habrían sido símbolos de amor.
Emily se quitó la bata.
Nathan se quedó paralizado.
Su piel estaba suave. Intacta. Sin rastros de embarazo. Ninguna marca.
"Emily...", susurró. "Pensé que tenías hijos".
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