Soy Alejandro Montoya Villarreal. O al menos, eso es lo que dicen los registros de propiedad y las actas de nacimiento que hoy no significan nada. Durante tres años, dos meses y algunos días que dejé de contar, fui simplemente un cuerpo. Un “caso clínico” en una habitación de lujo que olía a muerte lenta y a desinfectante barato.
Mi imperio, Montoya Holdings, se desmoronó mientras yo flotaba en una oscuridad absoluta, una nada donde el eco de mis millones no llegaba. Mis socios me vendieron, mis amigos se borraron como humo y mi mansión en Las Lomas se convirtió en un museo de polvo. Estaba solo. Estaba muerto en vida.
Pero la vida tiene formas extrañas de recordarte que no mandas sobre ella. En esa oscuridad, empezó a filtrarse una luz. No era una luz blanca de hospital, sino una vibración. Una voz pequeña, constante, que hablaba de pájaros, de leche que sabía raro y de una maestra que olía a jabón. Era Lucía.
Una niña de seis años, una huérfana que no sabía de acciones ni de poder, pero que sabía todo sobre la soledad. Ella me tomó la mano cuando todos los demás me habían soltado.
Esa tarde de lluvia en la Ciudad de México, el aire se sentía pesado. Lucía entró con Daniela, la trabajadora social, pero traía algo distinto. Sentí el roce del papel sobre mi pecho, justo encima de donde mi corazón apenas latía por inercia.
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