La lluvia respondió por ella.
Entonces, detrás de mí, una voz habló: suave, firme, inconfundiblemente humana.
"El amor no desaparece solo porque alguien lo haga".
Me giré, sobresaltado.
Una mujer estaba a unos pasos de distancia, sosteniendo un pequeño ramo de rosas blancas.
La lluvia se le pegaba al pelo y al abrigo, pero parecía extrañamente impasible. Su expresión no era curiosa ni intrusiva, solo amable.
"No dejas de amar a los muertos", continuó. "Solo aprendes a llevar ese amor de otra manera".
Se llamaba Elena Hayes. Me contó que su hermano había muerto tres años antes, mientras servía en el extranjero. Las noches de tormenta la atraían hasta allí, dijo. Se sentían sinceras. Sin filtros.
Hablamos, no como desconocidos, sino como personas que reconocían la misma fractura en cada uno. No me ofreció consejos. No intentó arreglarme. Simplemente comprendió.
Cuando finalmente se alejó, desapareciendo entre las lápidas, algo dentro de mí cambió. No estaba curado. Pero me sentí... abierto. Como si el peso que había estado cargando se hubiera roto en lugar de aplastarme.
Salí del cementerio empapado, con el cuerpo frío, la mente perturbada. La culpa y la esperanza se entrelazaban, inseparablemente.
A la mañana siguiente, de pie ante el altar, vi a Claire acercarse a mí: su mirada firme, su sonrisa nerviosa y sincera.
Supe entonces que el amor no era una elección entre el pasado y el presente.
Pero las palabras de Elena resonaron en mi mente como una silenciosa advertencia, recordándome que algunas verdades no exigen respuestas, solo honestidad.
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