Respiré hondo, me volví hacia Claire y finalmente susurré: "Sí, quiero".
Los aplausos resonaron en la sala. Claire exhaló aliviada, agarrándome las manos. Pero yo no sentí alivio, solo una extraña y cruda vulnerabilidad, como si los votos matrimoniales no fueran una victoria, sino una rendición. Esa noche, en la recepción, Claire bailó descalza bajo las luces de cadena, riendo con sus amigas. Todos brindaron por un nuevo comienzo. Pero yo me sentía dividida entre dos mundos: uno que había terminado y otro que debía comenzar.
Nuestra luna de miel en Vermont fue hermosa: el lago, la cabaña, el aire fresco del otoño, pero el silencio acentuó mi culpa. Una mañana, mientras tomábamos café en el porche, Claire finalmente dijo lo que yo había estado evitando:
"No estás aquí conmigo, Daniel".
"Lo estoy intentando", murmuré.
Me miró con una calma desgarradora. "Di
¿Te casas conmigo porque me amas... o porque tienes miedo de estar sola?
Su pregunta me hirió profundamente. No estaba enojada, estaba dolida.
De vuelta en Seattle, Claire programó una terapia de duelo para nosotros. Me resistí, pero fui de todos modos. Ahí fue donde la Dra. Weiss dijo algo que lo cambió todo:
"No necesitas dejar ir a Anna. Necesitas hacer espacio. El amor no se reemplaza a sí mismo, se expande".
Pasaron las semanas. Lentamente, dolorosamente, sus palabras empezaron a tener sentido.
Una noche, por fin me senté a escribir la carta que había estado evitando: la dirigida a Anna.
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