El día de mi boda, mi hermana perdió el control. Lanzó el champagne con violencia por todo el salón, destrozó la tarta nupcial y gritó: «¡Esto es lo que te pasa por actuar con tanta arrogancia!» Los suspiros de sorpresa resonaron mientras el glaseado se deslizaba lentamente por mi vestido. Mi madre corrió hacia mí y me abrazó con fuerza, susurrándome al oído: «Mantén la calma.» Sin embargo, sus manos estaban temblando. Fue en ese instante cuando lo comprendí… aquella boda ocultaba una verdad para la que nadie estaba preparado.

El día de mi boda empezó con una tensión extraña, de esas que no se ven pero se sienten en el estómago. Me llamo Clara Álvarez, y me estaba casando con Javier Molina después de siete años de relación. Desde temprano, mi hermana Lucía no me había dirigido la palabra. No era raro: siempre había sido temperamental, pero esa mañana su silencio era más afilado que cualquier insulto. La ceremonia transcurrió sin errores, aunque noté que Lucía evitaba mirarme y bebía demasiado champagne.

El estallido ocurrió durante la recepción. Cuando los invitados ya estaban sentados y el ambiente parecía relajado, Lucía se levantó de golpe. Tomó una copa de champagne y la lanzó con fuerza al centro del salón. El líquido voló por el aire y empapó mi vestido blanco. Antes de que nadie pudiera reaccionar, empujó la mesa principal, tiró la torta de bodas al suelo y empezó a gritar:
—¡Esto es lo que te ganas por actuar tan arrogante!

El salón quedó en silencio. Se escuchaban los jadeos de sorpresa y el sonido espeso del glaseado deslizándose por mi falda. Yo me quedé paralizada, incapaz de entender qué estaba pasando. Mi madre, Elena, corrió hacia mí y me abrazó con fuerza. Pegó su boca a mi oído y susurró:
—Mantente tranquila.

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