El día de mi boda, mi hermana perdió el control. Lanzó el champagne con violencia por todo el salón, destrozó la tarta nupcial y gritó: «¡Esto es lo que te pasa por actuar con tanta arrogancia!» Los suspiros de sorpresa resonaron mientras el glaseado se deslizaba lentamente por mi vestido. Mi madre corrió hacia mí y me abrazó con fuerza, susurrándome al oído: «Mantén la calma.» Sin embargo, sus manos estaban temblando. Fue en ese instante cuando lo comprendí… aquella boda ocultaba una verdad para la que nadie estaba preparado.

Intenté respirar, pero noté algo inquietante: sus manos estaban temblando. No era solo vergüenza ni miedo al escándalo. Era culpa. Lucía seguía gritando cosas incoherentes sobre traiciones, mentiras y familia, mientras Javier intentaba que la sacaran del salón. Algunos invitados sacaban el móvil; otros bajaban la mirada.

Fue en ese instante, con el vestido arruinado y la música detenida, cuando lo entendí. Aquella explosión no era un simple ataque de celos ni una rabieta. Mi madre sabía algo. Lucía estaba reaccionando a una verdad que llevaba demasiado tiempo enterrada. Y yo estaba a punto de descubrir que mi boda no era una celebración, sino el escenario de un secreto que nadie estaba preparado para enfrentar.

Después del caos, la recepción se canceló. Los invitados se fueron en silencio, murmurando teorías. Javier me llevó a una habitación privada del hotel, pero yo no podía dejar de pensar en la cara de mi madre. Cuando regresó, horas después, ya no temblaba. Se sentó frente a mí y respiró hondo, como quien se prepara para una confesión inevitable.

—Clara —dijo—, lo que pasó hoy no fue solo culpa de Lucía.

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