Intenté respirar, pero noté algo inquietante: sus manos estaban temblando. No era solo vergüenza ni miedo al escándalo. Era culpa. Lucía seguía gritando cosas incoherentes sobre traiciones, mentiras y familia, mientras Javier intentaba que la sacaran del salón. Algunos invitados sacaban el móvil; otros bajaban la mirada.
Fue en ese instante, con el vestido arruinado y la música detenida, cuando lo entendí. Aquella explosión no era un simple ataque de celos ni una rabieta. Mi madre sabía algo. Lucía estaba reaccionando a una verdad que llevaba demasiado tiempo enterrada. Y yo estaba a punto de descubrir que mi boda no era una celebración, sino el escenario de un secreto que nadie estaba preparado para enfrentar.
Después del caos, la recepción se canceló. Los invitados se fueron en silencio, murmurando teorías. Javier me llevó a una habitación privada del hotel, pero yo no podía dejar de pensar en la cara de mi madre. Cuando regresó, horas después, ya no temblaba. Se sentó frente a mí y respiró hondo, como quien se prepara para una confesión inevitable.
—Clara —dijo—, lo que pasó hoy no fue solo culpa de Lucía.
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