El día de mi boda, vi a mi hermana verter algo en mi champán sin que nadie me viera. Intercambiamos copas. Cuando ella hizo el brindis, sonreí. Y así... empezó todo.

"¡Seda, te queda perfecta!", chilló Sutton, dándole la espalda a la mesa.

Ya estaba.

Mis dedos encontraron los tallos de las dos copas. No las levanté: las deslicé hacia abajo. El costoso mantel de seda ofrecía el agarre justo para hacerlo en silencio. *Golpe.* Su copa ahora era mía. Mi copa envenenada ahora era suya. Giré ligeramente la copa nueva para ocultar la marca de lápiz labial que había dejado en el borde.

Cuando Sutton volvió a sentarse, estaba sonrojada de emoción por haber hablado con "el viejo mundo". Ni siquiera miró las copas. ¿Por qué lo haría? Estaba segura de que había ganado.

"Un brindis", dijo, levantando la copa envenenada. "Por tu felicidad, Pamela". "Por una noche que nunca olvidaremos", respondí, con una sonrisa que, por primera vez en meses, llegó a mis ojos.

Chocamos las copas. Bebió despacio. Vi cómo el líquido desaparecía en su garganta y sentí cómo el peso de 29 años de rivalidad fraternal comenzaba a disolverse.

## La Caída de la Niña de Oro

Cuando comenzaron los discursos, hice mi parte. Me hice invisible. Parecía un poco distante. Le di a Sutton exactamente lo que quería ver: una novia que empezaba a "desvanecerse". Se recostó en su silla, temblando de alegría, observándome con atención.

Pero la química del cuerpo no se preocupa por la posición social. La melatonina líquida y el alcohol forman una mezcla potente. En 10 minutos, vi el cambio. Los ojos de Sutton se pusieron vidriosos. Se aferró al borde de la mesa.

Cuando el maestro de ceremonias la llamó al escenario para el discurso de la dama de honor, se levantó con un balanceo notable. Caminó directa hacia el pastel, el escenario perfecto para sus fotos de "influencer". Se aferró al micrófono inalámbrico como a un salvavidas.

"Conozco a Pamela de toda la vida", logró decir con voz ronca y arrastrada. El micrófono amplificó la distorsión de sus palabras. "Siempre fue... tan perfecta. Tan... afortunada".

La sala se quedó en silencio. Este no era el homenaje radiante que todos esperaban. Sutton se tambaleó, sus párpados parpadeando.

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