No el miedo calculado que usaba para conseguir cosas, sino terror genuino. Podríamos podríamos hablar con ella, explicarle la situación, proponerle un plan de pagos. Un plan de pagos. Ru se echó a reír con amargura.
Damián, tú ganas 2,500 € al mes como administrador. Yo estoy en el paro desde que dejé mi trabajo en la consultoría para disfrutar de nuestra relación. ¿Cuántos años nos llevaría devolver 80,000 €?
Hicieron los cálculos mentalmente, sin gastos de supervivencia básica, destinando cada euro a la deuda, más de 2 años, con gastos reales de vida, probablemente cinco o 6 años. Tal vez podríamos vender algo.
Mis muebles. El coche, tu coche tiene 12 años y tus muebles los compraste en IKEA hace una década. Ruth se dejó caer en una silla. Damián, estamos arruinados. Y lo peor de todo es que es que yo creí que estaba robándole la vida perfecta a Cristina, pero resulta que la vida perfecta era suya desde el principio.
El silencio que siguió fue interrumpido por el móvil de Damián. Un mensaje de Elena Ruiz. Damián. Cristina quiere verte mañana a las 9:00 en mi despacho. Ven preparado para hablar de devoluciones o de abogados penalistas.
Tú eliges. Ru leyó el mensaje por encima del hombro y se desplomó completamente. Nuestra luna de miel va a ser en una celda, ¿verdad? Damián no respondió, solo observó como las velas se consumían lentamente, llevándose con ellas los últimos vestigios de su antigua vida en algún lugar de Barcelona.
Cristina Montalvo dormía tranquila por primera vez en meses y el bebé en su vientre pateaba suavemente como si supiera que el futuro por fin había comenzado a aclararse. Despacho de Elena Ruiz, 8:55 de la mañana.
Damián llegó 5 minutos antes de la cita, pero las ojeras violáceas bajo sus ojos delataban una noche en vela. Llevaba la misma ropa del día anterior, ligeramente arrugada, y el aroma a café frío se mezclaba con el olor a ansiedad que parecía emanar de sus poros.
Ruth había decidido quedarse en el apartamento, alegando que no podía soportar ver a Cristina fingiendo ser la víctima. Elena lo recibió con expresión seria y lo condujo a la sala de reuniones, donde ya esperaba Cristina.
Pero la mujer que vio sentada a la mesa no era la misma que había conocido 7 años atrás. Esta Cristina llevaba un vestido color esmeralda que realzaba su vientre de 8 meses, el pelo recogido en un moño elegante y una expresión de serenidad que contrastaba dramáticamente con el aspecto descompuesto de él.
“Buenos días, Damián”, dijo sin levantarse señalando la silla frente a ella. “Gracias por venir, Cristina.” Yo, comenzó él, pero ella alzó una mano pidiendo silencio. Antes de que digas nada, quiero que sepas que he pasado toda la noche pensando en esto, en lo que significa, en lo que implica para nuestro hijo.
Acarició su vientre con ternura. Y he tomado una decisión. Damián se acomodó nerviosamente en la silla, sus manos temblando ligeramente mientras Elena disponía varios documentos sobre la mesa color cerezo.
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