Preguntó Rut, apoyando posesivamente su mano en el brazo de él. Por supuesto, en una hora esto habrá terminado y podremos empezar nuestra nueva vida sin complicaciones. Cristina permaneció en silencio con la vista fija en los números del ascensor.
Cuando las puertas se abrieron con un suave ping, sonrió para sus adentros. En una hora, efectivamente, todo habría terminado, pero no como ellos imaginaban. Sala TR. Juzgado de primera instancia.
10:05 de la mañana. La sala de vistas solía a papel viejo y a decisiones irrevocables. Cristina se acomodó en la silla de madera lacada en color miel, sintiendo como su hijo pateaba con fuerza, como si protestara contra la tensión que flotaba en el ambiente.
A su derecha, su abogado, Jordi Bals organizaba meticulosamente los documentos sobre la mesa. Sus manos experimentadas manejaban cada papel como si fuera una pieza de ajedrez. El juez Martínez, un hombre de 60 años con gafas de pasta negra y barba plateada perfectamente recortada, ojeaba el expediente con expresión neutra.
Había visto cientos de divorcios, matrimonios que se desmoronaban por infidelidades, por diferencias irreconciliables, por simple desgaste, pero algo en este caso había captado su atención durante la lectura previa. Bien, dijo el juez alzando la vista.
Procedemos con la disolución matrimonial entre Damián Hurtado Mendoza y Cristina Montalvo García. Señor Hurtado, ratifica su petición de divorcio por mutuo acuerdo. Damián se enderezó en su asiento irradiando esa confianza empresarial que había cultivado durante años.
Sí, señoría, mi esposa y yo hemos acordado que lo mejor para ambos es seguir caminos separados. Su mano encontró discretamente la de Ruth, que sonreía desde la primera fila del público como una espectadora en el teatro de su propia victoria.
Señora Montalvo. El juez dirigió su mirada hacia Cristina. Ratificó completamente. Señoría, es hora de cerrar este capítulo de mi vida. Su voz sonó clara, sin rastro de amargura. Ruth intercambió una mirada triunfal con Damián.
Todo estaba saliendo según lo planeado. Jordi Wals se aclaró la garganta. Señoría, antes de proceder con las firmas, necesitamos revisar algunos aspectos patrimoniales que pueden haber pasado desapercibidos durante las negociaciones previas.
Damián frunció el seño. Aspectos patrimoniales. Él había dejado claro desde el principio que cada uno se quedaría con lo suyo, su empresa, sus inversiones, su apartamento de soltero en Pedralves.
Cristina podría quedarse con el piso de Leich Chample y su trabajo en el centro de salud. Todo limpio y sencillo. ¿A qué se refiere exactamente letrado? Preguntó el abogado de Damián, Miguel Santos, un hombre corpulento con corbata color mostaza que ya empezaba a sudar bajo el traje.
Jordi extrajo una carpeta azul marino de su maletín. Me refiero a la documentación mercantil de reformas Hurtado SL, la empresa que el señor Damián registró en 2018. Sus dedos recorrieron los papeles con precisión quirúrgica.
Según consta en el Registro Mercantil de Barcelona, la sociedad fue constituida con un capital inicial de 150,000 € aportados íntegramente por la señora Cristina Montalvo García como socia. El silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar con un cuchillo.
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