El silencio duró exactamente 4 segundos. En televisión, en vivo, 4 segundos son una eternidad. 40 millones de personas conteniendo la respiración frente a sus pantallas. En el estudio de Televisa, 300 personas paralizadas y en el centro del escenario, dos miradas enfrentadas como espadas. Raúl Velasco acababa de cometer el error más grande de su carrera. Acababa de burlarse de María Félix en vivo. Lo que pasó en los siguientes 8 minutos se convertiría en la leyenda más brutal de la televisión mexicana.
Una historia que Televisa intentó borrar, pero que miles de testigos nunca olvidaron. Esta es esa historia. Ciudad de México. 19 de marzo de 1978. Siempre en domingo, el programa más visto de Latinoamérica. Raúl Velasco era el rey indiscutible de la televisión mexicana. 15 años al aire, 40 millones de espectadores cada domingo. Lo que Raúl decía era ley. A quien invitaba se volvía estrella. A quien ignoraba desaparecía. Tenía 44 años y un ego del tamaño de Todo México.
Esa noche, María Félix era la invitada especial. 64 años, retirada del cine hacía una década, pero seguía siendo la doña, la mujer más bella, más temida, más respetada de México. Cuando María entraba a un lugar, el aire cambiaba. Todos lo sentían, pero Raúl no la quería. Ahí había peleado con los productores durante semanas. Es vieja, decía. Ya nadie la recuerda. Necesitamos sangre joven. Los productores insistieron. Es María Félix, es historia viva. Raúl aceptó de mala gana, pero tenía un plan.
La noche comenzó normal. Música, aplausos, el show de siempre. Raúl saludó a la cámara con su sonrisa perfecta, traje impecable, micrófono en mano. “Hoy tenemos una invitada muy especial”, dijo arrastrando las palabras. Una leyenda del cine mexicano. Dicen que fue la mujer más bella de México. Pausa, sonrisa. Hace como 50 años. Risas en el público, no muchas, incómodas. María estaba detrás del escenario. Escuchó todo. Su asistente la miró nerviosa. Señora, no tiene que salir. Podemos cancelar. María no respondió, solo se miró en el espejo, el vestido negro dior, las joyas que habían pertenecido a emperatrices, el maquillaje perfecto y esos ojos, esos ojos que habían destruido hombres más poderosos que Raúl Velasco.
Vamos, dijo su voz tranquila, demasiado tranquila. Entró al set. La orquesta tocó. El público se puso de pie, no por obligación, por instinto, porque cuando María Félix entraba, te parabas. Caminó hacia Raúl, cada paso medido, perfecta. A sus años seguía moviéndose como una reina, porque lo era. Raúl extendió la mano. María la ignoró. Se sentó en el sillón, cruzó las piernas, lo miró. Ese fue el primer error de Raúl. pensó que había ganado. María dijo Raúl con falsa dulzura.
Qué gusto tenerte aquí. Han pasado tantos años desde tu última aparición pública. Algunos pensamos que ya no salías de casa. Silencio. María lo miraba sin parpadear. Dime, María, continuó Raúl. ¿Cómo se siente ser una leyenda del pasado? Ahí estaba la trampa. 40 millones de personas esperando. María sonrió y Raúl supo que estaba perdido. María no respondió de inmediato. Dejó que el silencio creciera. 2 segundos. Tres. Cuatro. En el control. El director sudaba. Díganle que hable, que alguien hable.
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