El día que Raúl Velazco se burló de María Félix en público – Su respuesta dejó a todos helados…

Pero nadie se movía. Todos sabían que algo estaba por explotar. María finalmente habló. Su voz suave, peligrosamente suave. Raúl dijo, “No, señor Velasco, no conductor, solo Raúl.” Como si fueran iguales, como si él no fuera nadie. Leyenda del pasado. Repitió las palabras saboreándolas. Qué interesante viniendo de ti, Raúl. Río, nervioso. Ahora, ¿a qué te refieres? María se inclinó hacia adelante. ¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y yo, Raúl? No, cuéntame. Yo soy una leyenda. Tú eres un empleado.

El público ahogó un grito. Raúl palideció. Intentó sonreír, pero le salió torcida. Bueno, yo diría que soy bastante más que un Cuando yo me retire, lo interrumpió María, me recordarán por 50 años. Cuando tú te retires te reemplazarán en 50 minutos. Silencio absoluto. Raúl buscó apoyo en las cámaras. Nada. Los camarógrafos miraban al piso. El público contenía la respiración. Esto no estaba en el guion. Esto era real. Era sangre. María dijo Raúl intentando recuperar control. Creo que estás siendo un poco dura.

Solo era una broma. Una broma. María se recostó en el sillón. ¿Sabes que es gracioso Raúl? que creas que puedes burlarte de mí en mi cara y que yo voy a sonreír como las niñas que traes cada semana a este programa. Yo no. ¿Cuántas han pasado por este sillón, Raúl? Cuántas jovencitas asustadas que necesitaban tu aprobación. Cuántas sonrieron a tus chistes malos porque tenían miedo de que las destruyeras en televisión nacional. El aire se volvió pesado. Algunos en el público empezaron a entender.

Esto no era solo sobre una broma, esto era sobre algo más profundo, más oscuro. Raúl intentó reír. Creo que estás exagerando. Yo solo hago mi trabajo. María lo miró con algo parecido a la lástima. Tu trabajo, repitió. Dime, Raúl. ¿Todavía les pides a las actrices jóvenes que te visiten en tu camerino después del show? ¿O ya te cansaste de ese juego? El estudio explotó. No en ruido, en silencio. Un silencio que gritaba. Raúl se puso de pie.

Eso es una mentira. ¿Cómo te atreves? María no se movió. Siéntate, Raúl. No me voy a sentar. No voy a permitir que Siéntate. Su voz no subió. No hacía falta. Tenía 40 años de reinas, de emperatrices, de mujeres que no se arrodillaban ante nadie. Raúl se sentó en el control. Alguien susurró, “Deberíamos cortar.” El director negó con la cabeza. ¿Estás loco? Esto es oro. Déjala seguir. Las cámaras seguían grabando. 40 millones de personas pegadas a sus pantallas.

María respiró profundo. Hace 23 años, dijo, “Cuando yo todavía hacía películas, tú eras un reportero de quinta, trabajabas para una revista de chismes, ¿te acuerdas?” Raúl no respondió. Su cara era ceniza. “Viniste a entrevistarme a mi casa. Llegaste dos horas tarde, borracho, con el aliento apestando a tequila barato. Te senté en mi sala porque fui educada y cuando terminó la entrevista intentaste besarme. El mundo se detuvo. Nadie respiraba. En 40 millones de hogares, la gente se había quedado congelada frente a sus televisores.

En el estudio, los músicos, los técnicos, los productores, todos miraban a Raúl esperando que negara, que dijera algo, cualquier cosa. Raúl abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla. Yo yo nunca dijiste que me amabas, continuó María. Su voz era hielo, que había soñado conmigo desde que eras niño, que si yo te daba una oportunidad, me harías la mujer más feliz del mundo. Hizo una pausa. Tenías 21 años. Yo tenía 41. Estaba casada y tú estabas borracho.

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