El día que Raúl Velazco se burló de María Félix en público – Su respuesta dejó a todos helados…

María, eso fue hace más de dos décadas. Yo era joven, estúpido. Yo te eché de mi casa dijo María. ¿Sabes qué hiciste? Escribiste en tu revista que yo era una mujer amargada, acabada, que vivía de recuerdos, que el cine mexicano debería olvidarme y buscar sangre nueva. Sonríó sin humor. Palabras que me suenan familiares. El público empezó a murmurar. Algunos recordaban ese artículo había causado escándalo en los años 50. un reportero desconocido atacando a la mujer más poderosa de México.

La carrera de ese reportero debería haber terminado ahí, pero no terminó. ¿Sabes por qué no destruí tu carrera entonces?, preguntó María. Porque pensé que eras tan insignificante que no valía la pena. Un niño resentido escribiendo mentiras en una revista que nadie leía. Pensé que desaparecerías solo. No eran mentiras, murmuró Raúl. Pero su voz no tenía fuerza. No. María sacó algo de su bolso. Un papel amarillento, doblado, viejo. Guardé esto durante 23 años. No sé por qué. Quizás sabía que algún día lo necesitaría.

Lo desdobló. Era una carta escrita a mano, tinta azul, letra temblorosa. ¿Quieres que la lea?, preguntó María. O quieres hacerlo tú. Raúl palideció hasta volverse transparente. No dice, “Querida María, perdóname por lo de anoche. Estaba borracho y dije cosas horribles. No eres vieja, no estás acabada. Eres la mujer más hermosa que he visto. Por favor, no le cuentes a nadie lo que pasó. Necesito este trabajo. Si mi jefe se entera, me despedirán. Te lo ruego. Firmado Raúl Velasco.

40 millones de testigos. María dobló la carta, la guardó. No le conté a nadie. Te di tu segunda oportunidad y mira cómo la usaste. Te volviste poderoso, famoso, el rey de la televisión. hizo una pausa. Y usaste ese poder exactamente como pensé que lo usarías para humillar a otros como intentaste humillarme a mí. Raúl tenía lágrimas en los ojos de rabia, de vergüenza. ¿Por qué haces esto? ¿Por qué ahora? María se puso de pie lentamente, con toda la dignidad del mundo.

¿Por qué hoy me subestimaste? Pensaste que porque tengo 64 años, porque me retiré del cine, porque ya no soy joven, podías tratarme como tratas a esas niñas asustadas que pasan por tu programa. Se acercó a Raúl, se inclinó, le habló al oído, pero el micrófono captó cada palabra. Raúl, escúchame bien. Yo he cenado con presidentes, he rechazado a reyes, he destruido a hombres mucho más poderosos que tú, con solo una mirada. ¿Y sabes qué? Raúl no respondió.

Cuando yo me muera, seguirán hablando de mí, harán películas sobre mi vida, escribirán libros. Diré que fui una leyenda. Se enderezó. Pero cuando tú te mueras, Raúl, te recordarán como el hombre que intentó humillar a María Félix en televisión nacional y perdió. Caminó hacia la salida, sus tacones repiqueteando en el silencio absoluto. En la puerta se detuvo, se dio vuelta. A y Raúl, la próxima vez que invites a una leyenda a tu programa, trata de comportarte como un profesional, no como el borracho resentido que eras hace 23 años.

Y salió. Durante 30 segundos nadie se movió. El estudio estaba en shock. Las cámaras seguían grabando, pero nadie sabía qué hacer. Raúl seguía sentado en su silla mirando al vacío con la cara del color de la cera. El maquillaje empezaba a correrse por el sudor. Sus manos temblaban. En el control el director gritaba, “Comerciales, comerciales.” Pero los técnicos estaban paralizados. Finalmente, alguien reaccionó. La pantalla se fue a negro. Música, anuncios, pero el daño estaba hecho. En 40 millones de hogares, la gente no se movía de sus sillas.

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