Algunos llamaban a sus vecinos. ¿Viste lo que acaba de pasar? Eso fue real. Raúl intentó besar a María Félix. Las líneas telefónicas colapsaron. Todo México hablaba de lo mismo. En el estudio, Raúl seguía sentado. Uno de los productores se le casi acercó. Raúl, tenemos que continuar. Faltan 40 minutos de programa. No puedo, susurró Raúl. Tienes que hacerlo. Hay 40 millones de personas esperando. Raúl lo miró, sus ojos vacíos. ¿Viste lo que hizo? Me destruyó frente a todo el país.
Me destruyó. Fue tu culpa, dijo el productor. Su voz fría. Te advertimos. Te dijimos que no te metieras con ella, pero no quisiste escuchar. Yo no sabía que todos lo sabíamos, Raúl. Todo el mundo en esta industria sabe quién es María Félix, sabe lo que puede hacer. Y tú pensaste que podías jugar con ella como juegas con las actrices de 20 años que necesitan tu aprobación. El productor se inclinó. María Félix no necesita nada de ti y ahora, gracias a tu estupidez, todo México lo sabe.
Los comerciales terminaron. Raúl tuvo que volver. Se paró frente a las cámaras. intentó sonreír, le salió una mueca. Bueno, dijo, su voz quebrada, eso fue intenso. Intentó reír. Sonó como un soyo. María Félix, señoras y señores, una mujer de de carácter, nadie río. Raúl intentó continuar con el programa. presentó al siguiente invitado, un cantante joven que había estado esperando su turno. El chico subió al escenario, pero se notaba incómodo. Todos estaban incómodos. El aire seguía cargado. Raúl intentó bromear como siempre hacía, pero las bromas caían al vacío.
El público no reía. Las cámaras lo capturaban todo, el sudor, el temblor en sus manos, la forma en que sus ojos evitaban mirar directo a la cámara. Mientras tanto, en su limusina, María iba camino a casa. Su asistente la miraba preocupada. “Señora, dijo finalmente. Eso fue necesario, terminó María. Van a hablar de esto por semanas, por años”, corrigió María. Miraba por la ventana. La ciudad pasaba y está bien que hablen. No tiene miedo de las consecuencias. Raúl Velasco es muy poderoso.
Tiene amigos en Televisa, en el gobierno. María sonríó. ¿Sabes cuál es el queo problema de hombres como Raúl? Creen que el poder es algo que te dan. Un programa de televisión, un sueldo. Amigos en lugares importantes. Hizo una pausa. Pero el verdadero poder no te lo dan. Lo tomas, lo construyes y una vez que lo tienes, nadie puede quitártelo. ¿Usted cree que esto lo destruirá? No necesito destruirlo, dijo María. Él se destruyó solo. Yo solo aceleré el proceso.
Tenía razón. Los siguientes días fueron brutales para Raúl Velasco. Los periódicos no hablaban de otra cosa. María Félix humilla a Raúl Velasco en vivo. La doña le da una lección al rey de la TV. Raúl Velasco, acosador encubierto. Las actrices empezaron a hablar, no todas, pero algunas. Historias que habían guardado por años, comentarios inapropiados, invitaciones a su camerino, miradas que duraban demasiado, nada que pudiera probarse, pero suficiente para crear una imagen. Raúl intentó defenderse, dio entrevistas. Todo fue un malentendido decía María y yo teníamos una relación de años.
Ella sabía que era una broma. Todo se sacó de contexto, pero nadie le creía porque todos habían visto su cara esa noche. El pánico, la vergüenza, la carta que María había guardado durante 23 años. Eso no era algo que se inventara. Televisa estaba en crisis. Las llamadas no paraban. Anunciantes amenazaban con retirar patrocinios. Grupos de mujeres protestaban afuera de las instalaciones, fuera Velasco, no más acoso en TV. Los tiempos estaban cambiando, aunque lentamente, y Raúl se había convertido en el símbolo perfecto de todo lo que estaba mal.
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