Forcé una sonrisa profesional. —¿Hay algo más que pueda traerle, señora? Ella sonrió con suficiencia. —Ya veremos.
Llegaron los platos principales. Dejé su bistec con cuidado, revisé el plato dos veces: término medio, tal como lo pidió. Ella lo miró fijamente, luego a mí. Vi el momento exacto en que sus ojos se iluminaron con malicia pura. —Eso —dijo en voz alta, para que todo el salón escuchara—, está crudo. Asquerosamente crudo.
—Es término medio, señora —respondí suavemente—. Si desea que se cocine más, puedo llevarlo a la cocina… De repente, ella empujó el plato con violencia. El bistec se deslizó, salpicando salsa caliente por todo mi frente y el pecho de mi uniforme. El comedor se quedó en un silencio de tumba. —¿Estás ciega? —gritó—. ¿Ustedes, idiotas, no pueden seguir instrucciones básicas? Debería transmitir esto en vivo para que nadie vuelva a este basurero.
Sentí la salsa caliente filtrándose a través del algodón de mi uniforme. Mi corazón latía con fuerza, pero mi voz se mantuvo firme. —Lo siento mucho, señora. Lo reemplazaré de inmediato. —No —espetó ella—. No harás nada. Ni siquiera puedes usar ese uniforme correctamente. Mírate. ¡Eres un desastre!
Entonces, ocurrió lo impensable. Harper alargó la mano y agarró con fuerza la parte delantera de mi camisa. Fue un tirón brutal. Escuché el chasquido de los botones volando por el aire y el rasgón agudo de la costura en mi hombro. De repente, mi hombro quedó al descubierto, la tela rompiéndose hasta dejar expuesto el tirante de mi ropa interior. El frío del aire acondicionado golpeó mi piel desnuda, mientras el ardor de la humillación y la rabia me subía por el cuello.
Escuché a alguien jadear. Harper alzó la voz aún más, alimentándose del shock de los comensales. —¡Esto es asqueroso! ¡Tú eres asquerosa! —bramó—. No deberías estar cerca de clientes que pagan.
Me cubrí como pude, sintiendo cada ojo clavado en mí, cada teléfono apuntando. —Señora —dije, con una voz que vibraba de furia contenida—, acaba de ponerme las manos encima y romper mi propiedad frente a un comedor lleno. Ella se inclinó, con los ojos brillando de locura. —¿Quién te va a creer? No eres nadie. Eres una simple muerta de hambre. Me aseguraré de que nunca vuelvas a trabajar en esta ciudad.
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