Lo que ella no sabía era que cuatro cámaras de seguridad de alta definición tenían una vista perfecta de cada ángulo de su agresión. O que mi esposo, Ethan, estaba arriba en mi oficina, viendo la transmisión en tiempo real. Antes de que ella pudiera decir otra palabra, Ethan bajó las escaleras con la mandíbula apretada y los puños cerrados.
Ethan se detuvo justo frente a nosotras. Harper, creyendo que llegaba un cliente importante a apoyarla, intentó poner su mejor cara de víctima. —¡Caballero, mire lo que esta mujer…! —comenzó a decir. Ethan la interrumpió con una voz que parecía trueno. —Quita tus manos de mi esposa ahora mismo.
El rostro de Harper pasó del triunfo al terror en un segundo. —¿Esposa? —tartamudeó—. No… ella es la camarera… ella… —Ella es Elena Moore —dijo Ethan, quitándose el saco para cubrir mi hombro desnudo—. La dueña de este establecimiento. Y tú acabas de cometer agresión física y daños a la propiedad frente a cien testigos y cámaras de seguridad.
Me enderecé, mirando a Harper directamente a los ojos mientras ella retrocedía, tropezando con su propia silla. —No soy “nadie”, Harper —le dije, recuperando mi voz de mando—. Soy la persona que va a usar cada centavo de la fortuna que tanto presumes en tus redes para asegurarme de que enfrentes cargos criminales. Guardias, aseguren las salidas. Nadie se va hasta que llegue la policía.
Esa noche, el “en vivo” de Harper no fue sobre comida, sino sobre su propio arresto. No solo salvé a mi personal de una acosadora, sino que envié un mensaje claro a todo el estado: En The Copper Finch, la dignidad de mis empleados no tiene precio, y quien intente pisotearlos, terminará cavando su propia tumba frente a mis cámaras.
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