EL ESCÁNDALO QUE DESTROZÓ MI EMBARAZO: A las 35 semanas, mi esposo me despertó a las 2 de la mañana con una “verdad” tan perversa que mi alegría de ser madre se convirtió en mi peor pesadilla y pedí el divorcio antes de que saliera el sol.

—Ya no puedo seguir guardando esto. TIENES QUE SABER LA VERDAD… —hizo una pausa que pareció durar un siglo—. Ese tratamiento de fertilidad que hicimos en la última clínica… yo lo saboteé.

El aire se escapó de mis pulmones. No entendía. —¿De qué hablas, Miguel? Estoy embarazada. Mateo está aquí.

Miguel soltó una risa seca, casi histérica.

—Estás embarazada, sí. Pero no es mío. Cuando el doctor dijo que yo era estéril y que no había esperanza, no quise decírtelo por orgullo. Así que pagué para que usaran un donante anónimo sin decirte nada. Pero esta noche, bebiendo con los muchachos, uno de ellos hizo un chiste sobre los hijos que no se parecen a los padres y… simplemente me di cuenta de que no puedo. No puedo criar a un niño que no tiene mi sangre. No quiero este bebé, Elena.

Me quedé paralizada. El hombre que me vio llorar cada vez que mi período llegaba, el hombre que me tomaba la mano en cada examen, me había engañado de la forma más vil posible. No solo me ocultó su infertilidad, sino que manipuló mi cuerpo y mi vida sin mi consentimiento, y ahora, a semanas de dar a luz, decidía que el “experimento” ya no le gustaba.

—¿Me engañaste para que me embarazara de un extraño y ahora me dices que no lo quieres? —mi voz salió como un grito ahogado.

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