—Quería que fueras feliz, pero ahora me doy cuenta de que yo no lo seré —dijo él, empezando a meter ropa en una maleta—. Dile a la gente lo que quieras. Di que te engañé, que soy un cobarde. Me voy.
Esa noche, mientras Miguel cerraba la puerta de nuestra casa, yo me quedé sola en el cuarto de Mateo. Miré la cuna que habíamos armado juntos y sentí un asco profundo. La traición no era solo hacia mí, sino hacia ese pequeño ser que pateaba dentro de mí, ajeno a que su “padre” acababa de desecharlo como a un mueble viejo.
A la mañana siguiente, antes de que el sol terminara de salir sobre la ciudad, mi abogado ya tenía las instrucciones. Pedí el divorcio por una causa que él no esperaba: fraude médico y abandono.
Hoy, Mateo tiene tres meses. Tiene mis ojos y una sonrisa que ilumina toda mi casa. Miguel intentó volver, dijo que estaba borracho, que fue el miedo. Pero en México decimos que “el que engaña una vez, engaña siempre”. Mi hijo no tendrá su apellido, pero tendrá una madre que aprendió que la familia no siempre se trata de la sangre que compartes, sino de la lealtad que demuestras cuando las cosas se ponen difíciles. Miguel se quedó con su orgullo y su soledad; yo me quedé con el milagro que él nunca mereció tener.
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