Adrián se puso pálido.
—“Tú… ¿eres Marites?”
Ella asintió.
—“No. Soy la madre de las niñas que obligaste a abortar. La mujer que abandonaste para estar con tu amante.”
Adrián quedó atónito. Todos los recuerdos lo golpearon: la noche en que rechazó a su hijo, la frialdad de sus palabras. Y ahora, frente a él, estaban dos niñas vivas que eran prueba de su pecado.
Esa misma noche, Adrián regresó a casa de Mariel y se arrodilló frente a la puerta. Lloraba:
—“Perdóname. Dame una oportunidad. Déjame ser su padre.”
Pero Mariel respondió firme:
—“No tienes derecho a ser padre. No los elegiste. Cuando debiste luchar por ellos, nos abandonaste. ¿Ahora quieres redimirte? Mis hijas no son trofeos de tu arrepentimiento.”
—“Solo quiero pagar por mi error…”
—“Pagarás,” lo interrumpió. “A partir de mañana, transferirás el 20% de tus acciones del restaurante a la Fundación para Madres Solteras. Y lo escribirás tú mismo: como disculpa.”
Adrián tembló: “¿Estás usando a las niñas para presionarme?”
Mariel sonrió fríamente:
—“No. Estoy usando tu pecado para enseñarte responsabilidad.”
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