Meses después, Mariel y las gemelas regresaron a Cebú. Adrián se quedó atrás: delgado, callado, y visitando todos los días la fundación que llevaba su nombre. Escuchaba las historias de mujeres a quienes sus esposos habían abandonado, tal como él lo había hecho con Marites.
Una tarde, Amihan le preguntó a su madre:
—“Mamá, ¿por qué no podemos llamarle papá?”
Mariel acarició el cabello de las gemelas, sonriendo:
—“Porque él no nos eligió antes. Pero yo, yo nunca las dejé. Así que con que me llamen mamá, es suficiente.”
Y ahí termina la historia: no con un grito de ira, sino con el silencio de una mujer fuerte. Eligió luchar por su dignidad y convirtió su propia fortaleza en su arma.
Ella es la mujer que una vez fue abandonada, pero que al final se levantó y probó la justicia.
