La ciudad estaba helada. Esa clase de frío que no se te quita con una bufanda ni con las manos metidas en los bolsillos. Era el tipo de frío que se te cuela por los huesos, que te recuerda que estás sola, sin casa, sin comida… sin nadie.
Tenía hambre.
No esa hambre de “no he comido en unas horas”, sino la que se te anida en el cuerpo por días. La que hace que el estómago suene como un tambor, y que la cabeza te dé vueltas cuando te agachas demasiado rápido. Hambre de verdad. Hambre de la que duele.
Llevaba más de dos días sin probar bocado. Solo había tomado un poco de agua de una fuente pública, y mordido un trozo de pan viejo que me había regalado una señora en la calle. Mis zapatos estaban rotos, la ropa sucia, y el cabello enredado como si me hubiera peleado con el viento.
Caminaba por una avenida llena de restaurantes elegantes. Las luces cálidas, la música suave, las risas de los comensales… todo era un mundo ajeno al mío. Detrás de cada vidriera, familias brindaban, parejas sonreían, niños jugaban con sus cubiertos como si nada en la vida pudiera doler.

Y yo… yo me moría por un pedazo de pan.
Después de dar vueltas por varias cuadras, decidí entrar en un restaurante que olía a gloria. El aroma de carne asada, arroz caliente y mantequilla derretida me hizo agua la boca. Las mesas estaban llenas, pero nadie me prestó atención al principio. Vi una mesa que acababan de levantar, todavía con algunos restos de comida, y el corazón me dio un vuelco.
Caminé con cuidado, sin mirar a nadie. Me senté como si fuera clienta, como si yo también tuviera derecho a estar ahí. Y sin pensarlo más, agarré un pedazo de pan duro que había quedado en la canasta y lo llevé a la boca. Estaba frío, pero para mí era un manjar.
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