El estómago me gruñía como un perro callejero, y las manos se me estaban congelando. Caminaba por la banqueta mirando las vitrinas iluminadas de los restaurantes, con ese olor a comida recién hecha que dolía más que el frío. No traía ni una sola moneda.

Me metí algunas papas frías en la boca con las manos temblorosas, y traté de no llorar. Un trozo de carne casi seco fue lo siguiente. Lo mastiqué lentamente, como si fuera el último bocado del mundo. Pero justo cuando empezaba a relajarme, una voz grave me sacudió como una bofetada:

—Oye. No puedes hacer eso.

Me paralicé. Tragué con esfuerzo y bajé la mirada.

Era un hombre alto, impecablemente vestido con un traje oscuro. Sus zapatos brillaban como espejos y la corbata le caía perfecta sobre la camisa blanca. No era un mozo. No parecía siquiera un cliente común.

—Lo… lo siento, señor —balbuceé, con el rostro ardiéndome de vergüenza—. Solo tenía hambre…

Intenté meter un trozo de papa en el bolsillo, como si eso pudiera salvarme de la humillación. Él no dijo nada. Solo me miró, como si no supiera si enojarse o compadecerme.

—Ven conmigo —ordenó finalmente.

Yo retrocedí un paso.

—No voy a robar nada —supliqué—. Déjeme terminar esto y me voy. Le juro que no haré escándalo.

Me sentía tan pequeña, tan rota, tan invisible. Como si no perteneciera a ese lugar. Como si simplemente fuera una sombra molesta.

Pero en lugar de echarme, él alzó la mano, le hizo una seña a un camarero, y luego se sentó en una mesa del fondo.

Yo me quedé quieta, sin entender qué pasaba. Unos minutos después, el camarero se acercó con una bandeja y puso frente a mí un plato humeante: arroz esponjoso, carne jugosa, verduras cocidas al vapor, una rebanada de pan caliente y un vaso grande de leche.

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