El estómago me gruñía como un perro callejero, y las manos se me estaban congelando. Caminaba por la banqueta mirando las vitrinas iluminadas de los restaurantes, con ese olor a comida recién hecha que dolía más que el frío. No traía ni una sola moneda.

Cada vez, el camarero me recibía con una sonrisa, como si fuera una clienta habitual. Me sentaba en la misma mesa, comía en silencio, y cuando terminaba, dejaba las servilletas dobladas con cuidado.

Una tarde, él volvió a aparecer: el hombre del traje. Me invitó a sentarme con él. Al principio dudé, pero algo en su voz me hizo sentir segura.

—¿Tienes nombre? —me preguntó.

—Lucía —respondí bajito.

—¿Y edad?

—Diecisiete.

Él asintió lentamente. No preguntó más.

Después de un rato, me dijo:

—Tienes hambre, sí. Pero no solo de comida.

Lo miré confundida.

—Tienes hambre de respeto. De dignidad. De que alguien te pregunte cómo estás y no solo te vea como basura en la calle.

No supe qué contestar. Pero tenía razón.

—¿Qué pasó con tu familia?

—Murieron. Mi mamá de una enfermedad. Mi papá… se fue con otra. Nunca regresó. Me quedé sola. Me echaron del lugar donde vivía. No tenía a dónde ir.

—¿Y la escuela?

—La dejé en segundo de secundaria. Me daba vergüenza ir sucia. Las maestras me trataban como bicho raro. Mis compañeros me insultaban.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.