El estómago me gruñía como un perro callejero, y las manos se me estaban congelando. Caminaba por la banqueta mirando las vitrinas iluminadas de los restaurantes, con ese olor a comida recién hecha que dolía más que el frío. No traía ni una sola moneda.

El hombre asintió otra vez.

—Tú no necesitas lástima. Necesitas oportunidades.

Sacó una tarjeta de su saco y me la entregó.

—Ve mañana a esta dirección. Es un centro de formación para jóvenes como tú. Les damos apoyo, comida, ropa, y sobre todo, herramientas. Quiero que vayas.

—¿Por qué hace esto? —pregunté con lágrimas en los ojos.

—Porque cuando yo era niño, también comí de las sobras. Y alguien me tendió la mano. Ahora me toca a mí hacerlo.

•••

Pasaron los años. Entré al centro que me recomendó. Aprendí a cocinar, a leer con fluidez, a usar la computadora. Me dieron una cama caliente, clases de autoestima, un psicólogo que me enseñó que no era menos que nadie.

Hoy tengo veintitrés años.

Trabajo como encargada en la cocina de ese mismo restaurante donde todo comenzó. Llevo el cabello limpio, el uniforme planchado, y los zapatos firmes. Me encargo de que nunca falte un plato caliente para alguien que lo necesite. A veces llegan niños, ancianos, mujeres embarazadas… todos con hambre de pan, pero también de ser vistos.

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