Y cada vez que uno de ellos entra, yo les sirvo con una sonrisa y les digo:
—Come tranquilo. Aquí no se juzga. Aquí se alimenta.
El hombre del traje sigue viniendo de vez en cuando. Ya no usa corbata tan apretada. Me saluda con un guiño y, a veces, compartimos un café al final del turno.
—Sabía que llegarías lejos —me dijo una noche.
—Usted me ayudó a empezar —le respondí—, pero el resto… lo hice con hambre.
Él rió.
—La gente subestima el poder del hambre. No solo destruye. También puede empujar.
Y yo lo sabía bien.
Porque mi historia comenzó entre sobras. Pero ahora… ahora cocino esperanzas.
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