Elena había estado en lugares así muchas veces durante su carrera, pero nunca en circunstancias tan personales. Frente a ella, separado por una mesa de juntas, lo suficientemente grande como para acomodar a 12 personas, se encontraba Rodrigo Saavedra. Su esposo, pronto exesposo, lucía un traje gris Oxford que Elena sabía costaba más de lo que muchas familias mexicanas ganaban en se meses. Su cabello castaño, siempre perfectamente peinado hacia atrás con gel importado, no mostraba ni un solo cabello fuera de lugar.
A los 43 años, Rodrigo mantenía la apariencia que había cultivado desde sus días universitarios en el Tecnológico de Monterrey, la de un hombre que había nacido para el éxito. Sus ojos azules, herencia de una bisabuela alemana que llegó a México a principios del siglo XX, brillaban con una satisfacción que Elena conocía muy bien. Era la misma expresión que ponía cuando cerraba un negocio favorable o cuando lograba que algún competidor se retirara del mercado. Rodrigo se reclinaba en su silla de cuero como un rey en su trono, con los brazos cruzados y una sonrisa que no llegaba completamente a sus ojos.
“Elena”, dijo Rodrigo con esa voz grave que había sido una de las primeras cosas que la atrajo de él. “Espero que entiendas que esto es lo mejor para ambos. Tú podrás empezar de nuevo sin las presiones de mi nivel de vida. Elena levantó la vista de los documentos. Su rostro, enmarcado por cabello negro, que llevaba recogido en un chongo bajo, permanecía sereno. En los 39 años conservaba la elegancia natural que había heredado de su madre, una mujer de Oaxaca que había enseñado literatura en escuelas públicas toda su vida.
Sus pómulos altos y su piel morena clara le daban un aire de dignidad que ninguna cantidad de maquillaje podría falsificar. Lo entiendo perfectamente, Rodrigo respondió Elena con una voz suave pero firme. Después de tantos años, creo que ambos merecemos la libertad de ser quienes realmente somos. El licenciado Fernando Herrera, un hombre corpulento de 60 años con bigote cano, carraspeó desde su posición en la cabecera de la mesa. Sus anteojos de montura dorada reflejaban las luces del techo mientras revisaba los documentos una vez más.
Junto a él, la licenciada Patricia Mendoza, abogada de Elena, revisaba sus propias notas con expresión concentrada. Patricia era una mujer de 45 años, delgada y de cabello rizado, que llevaba en un corte profesional. Sus ojos verdes mostraban la inteligencia afilada que la había convertido en una de las mejores abogadas matrimonialistas de la ciudad. Señora Figueroa, intervino el licenciado Herrera con tono formal, ha tenido oportunidad de revisar todos los términos del acuerdo. Como puede ver, el señor Saavedra ha sido muy generoso con la manutención temporal y la división de bienes.
Rodrigo se irguió ligeramente en su asiento, como si esas palabras confirmaran su magnanimidad. Durante los últimos seis meses de negociaciones había insistido en que Elena recibiera lo que él consideraba una suma justa de los bienes matrimoniales. en su mente. Esto incluía la casa de Polanco, que necesitaría vender porque él se quedaría con el pentenhouse de Santa Fe, uno de los dos automóviles y una compensación económica que, según él, le permitiría mantenerse dignamente durante algunos años. He revisado todo cuidadosamente”, respondió Elena pasando las páginas lentamente.
Sus uñas, pintadas de un rojo discreto, contrastaban con el papel blanco. Me parece que los términos reflejan exactamente lo que Rodrigo considera justo. Había algo en el tono de Elena que hizo que Patricia Mendoza la mirara de reojo, pero la abogada mantuvo su expresión profesional. Durante las múltiples reuniones que habían tenido en preparación para este momento, Elena había mostrado una calma que a veces resultaba desconcertante. Nunca gritaba, nunca perdía la composure, nunca exigía más de lo que Rodrigo estaba dispuesto a dar.
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