Esa era la esencia de Elena Vargas, una fuerza tranquila capaz de mover montañas. La mañana del jueves, Elena se despertó a las 5, se duchó y eligió su mejor atuendo, un traje sastre de color azul marino que había comprado hacía 3 años y que reservaba para ocasiones especiales. Se aplicó un discreto lápiz labial y se recogió el pelo en un moño elegante. A las 9:30 se encontraba en la entrada del imponente edificio corporativo del Banco Solario, un rascacielos de 20 plantas en el corazón de la ciudad.
El doctor Morales ya la esperaba en el vestíbulo. Su presencia transmitía calma y confianza. “Lista”, le preguntó con una sonrisa tranquilizadora. “Lista”, respondió ella, su voz firme a pesar del nudo de nervios en su estómago. Juntos subieron en el ascensor hasta el piso 18. La sala de la presidencia era tan imponente como había imaginado. Una enorme mesa de madera noble dominaba el espacio. Las paredes estaban adornadas con arte. Contemporáneo y un gran ventanal ofrecía una vista espectacular de la ciudad.
Tres personas ya estaban sentadas esperándolos. El presidente Alejandro Valdés, un hombre de unos 65 años, la directora de operaciones Mariana Costa de 48 y el director jurídico Felipe Moraes de 53. Todos se pusieron de pie cuando Elena entró. “Señora Vargas, bienvenida”, dijo Alejandro Valdés extendiendo su mano con una solemnidad que denotaba la importancia del encuentro. Es un verdadero honor recibirla en persona. Somos plenamente conscientes de la importancia de su participación en la recuperación financiera de nuestro banco.
Elena estrechó su mano, su agarre firme y respetuoso. “Gracias por recibirme”, dijo tomando asiento en la silla que el Dr. Morales le indicó. El presidente volvió a su lugar, entrelazó los dedos sobre la mesa y respiró hondo. Hemos sido informados de un incidente de extrema gravedad ocurrido anteayer en nuestra sucursal principal. Un incidente que la involucra a usted y a nuestro gerente, el señor Ricardo Montenegro. Nos gustaría escuchar su versión de los hechos antes de proceder. Elena abrió su carpeta con parsimonia, sacó la funda de plástico transparente que contenía los pedazos del cheque cuidadosamente recompuestos y la deslizó sobre la pulida superficie de la mesa.
La prueba materialcía en el centro, un testimonio silencioso e irrefutable. Y entonces comenzó a hablar. Durante 12 minutos con una voz calmada pero cargada de peso, narró su experiencia. describió cómo había llegado al banco después de su voluntariado, cómo fue recibida por la mirada prejuiciosa de Ricardo, sus preguntas invasivas, su desconfianza gratuita y, finalmente, el acto culminante de romper el cheque frente a todos. Mientras hablaba, el rostro de Alejandro Valdés se tornó visiblemente pálido. La indignación contenida de Mariana Costa era palpable.
Señora Vargas, dijo el presidente Valdés en cuanto ella terminó, su voz grave y llena de pesar. En nombre del Banco Solario y en el mío propio, le pido las más profundas y sinceras disculpas por lo que ha tenido que soportar. Lo que ha descrito es inaceptable, absolutamente inaceptable. Le agradezco sus disculpas, respondió Elena. Pero no he venido hasta aquí solo por eso. He venido porque creo que esta institución puede y debe ser mejor. He venido porque invertí mi dinero aquí confiando en sus valores y he venido porque sé con total certeza que no soy la única persona que ha pasado por una situación similar en sus sucursales.
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