Sus palabras resonaron en la sala con la fuerza de una verdad incuestionable. La directora de operaciones, Mariana Costa, se inclinó hacia adelante. Su mirada fija en Elena. Tiene usted toda la razón, señora Vargas, y no vamos a permitir que esto quede en una simple disculpa, afirmó con contundencia. Con su permiso, me gustaría convocar al señor Ricardo Montenegro a esta sala de inmediato. Elena asintió en 19. Silencio. El Dr. Morales le dio un ligero apretón en el brazo, un gesto de apoyo silencioso.
El director jurídico Felipe Moraes descolgó el teléfono interno. 3 minutos después, que parecieron una eternidad, la puerta de la sala se abrió. Ricardo Montenegro entró con su habitual paso confiado, su traje impecable y su aire de superioridad. paseó la mirada por la sala, reconoció a los directores, al abogado y entonces sus ojos se encontraron con los de Elena. En ese instante, el mundo de Mino y no enters Ricardo Montenegro se detuvo. Su rostro perdió todo el color.
Sus ojos se abrieron desmesuradamente por la sorpresa y el pánico. Era ella, la mujer del cheque, la mujer a la que había humillado dos días antes, pero ahora no estaba de pie y desamparada en su sucursal. Estaba sentada a la mesa principal, en la sala de la presidencia. El cerebro de Ricardo luchaba por procesar la escena. “Señor Montenegro, siéntese, por favor”, ordenó Alejandro Valdés. Su voz gélida señalando una silla solitaria al otro lado de la mesa apartada del resto.
Ricardo obedeció moviéndose con la lentitud de un autómata, como si sus piernas hubieran perdido toda su fuerza. Sus manos, al posarse sobre sus rodillas temblaban visiblemente. “Señor Montenegro”, continuó el presidente. “Estamos aquí reunidos para discutir un incidente de extrema gravedad que ocurrió en su sucursal. Un incidente que involucra a la señora Elena Vargas. Ricardo tragó saliva. El nudo en su garganta le impedía hablar. Yo yo puedo explicarlo balbuceó. Su voz apenas un susurro ronco. Explicar qué exactamente, interrumpió Mariana Costa.
Su tono cortante como el filo de un bisturí. ¿Puede explicar por qué rompió un cheque legítimo de 420,000 € frente a una clienta? ¿Puede explicar por qué la acusó de fraude sin realizar una sola comprobación? ¿Puede explicar por qué la humilló públicamente basándose únicamente en su apariencia? Cada pregunta era un martillazo que demolía su arrogancia. Ricardo desvió la mirada hacia Elena y por primera vez realmente la vio. No vio la ropa sencilla ni el bolso gastado. Vio a la mujer.
Vio la dignidad inquebrantable en sus ojos, la fuerza serena en su postura y, en ese preciso instante comprendió la magnitud catastrófica de su error. “Yo yo pensé que el cheque era sospechoso,” tartamudió buscando una justificación que sonaba patética incluso para él. La señora llegó con ropa muy modesta y el valor era demasiado alto, y ese es su criterio profesional para destruir un documento financiero inquirió el director jurídico Felipe Moraes mirándolo por encima de sus gafas. ¿Desde cuándo la apariencia de un cliente justifica una acción tan destructiva e ilegal?
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